No son morgues, aunque lo parezcan. Se trata de los hoteles capsulas que los japoneses han diseñado para responder a la gran demanda de visitantes con motivo del Mundial de Fútbol. Aunque no den esa impresión, son cómodos y muy prácticos.

Hoteles Cápsulas

Los japoneses se las arreglan para que las cosas pequeñas funcionen como grandes Una de las grandes intrigas es: ¿Cómo acomodarse en Japón durante el Mundial de Fútbol?…Considerando que los hoteles cuestan un ojo y la mitad de otro, usted puede seleccionar los llamados Hoteles cápsulas, también conocidos como “ataúdes” porque eso es exactamente lo […]

  • Los japoneses se las arreglan para que las cosas pequeñas funcionen como grandes

Una de las grandes intrigas es: ¿Cómo acomodarse en Japón durante el Mundial de Fútbol?…Considerando que los hoteles cuestan un ojo y la mitad de otro, usted puede seleccionar los llamados Hoteles cápsulas, también conocidos como “ataúdes” porque eso es exactamente lo que parecen sus habitaciones.

Los japoneses son famosos, entre otras cosas, por su constante afán de tener y hacer todo lo más pequeño posible y que funcione como las cosas grandes

Lo hicieron con los autos, los equipos de sonido, los teléfonos y por supuesto también redujeron el tamaño de las habitaciones a su más mínima expresión.

Los Hoteles Cápsula han dado maravillosos resultados por su relación tamaño-costo. Tienen televisor, equipo de sonido, mesa de noche, aire acondicionado, luces con dimmer, colchón y sábanas muy limpias, y todo en una cueva de dos metros de largo por un metro de ancho y noventa centímetros de alto.

En el espacio de un cuarto de hotel convencional caben 20 o 30 suites-ataúd de los Hoteles Cápsula. Una solución perfecta para el país donde se acabó la tierra para comprar o el dinero para pagarla.

En la recepción de este hotel hay un solo empleado; olvídese desde ahora del botones, el conserje, el cajero o la recepcionista.

Un tablero que parece una central telefónica le indica cuáles son los ataúdes vacíos y el precio; se meten los billetes y sale un reloj de plástico con el numero y la llave que se debe poner en la muñeca.

Antes de seguir hay que quitarse los zapatos y dejarlos en el locker correspondiente, que se abre con la misma llave que le entregó la maquina. Estos lockers son del tamaño de los cajones de correo en un edificio de Miami. Antes de meter los zapatos se saca un fukota o especie de bata japonesa.

Sin zapatos y con el fukota en la mano se sube al segundo piso en un ascensor donde no cabe un jugador de fútbol americano, ni el bebé de un luchador de sumo. Aquí hay otros lockers más grandes que los de abajo y lo estrictamente anchos y altos como para colgar el traje negro y la camisa blanca de un salaryman japonés.

Ahí mismo, en un pasillo se quita toda la ropa y se pone el fukota. Los japoneses van directo a las duchas colectivas donde hay jabón, champú, peinillas para el pelo y toallas limpias.

Vestido únicamente con el fukota se dirige al piso donde esta la cápsula. Hay tres hasta cuatro hileras de cápsulas hacia arriba y por supuesto escaleras para subir alas más altas

Las cápsulas son de fibra de vidrio. El colchón es del ancho exacto de la cápsula, un metro, y las sabanas están impecables igual que el edredón de plumas y la dura almohada rellena de arroz.

El televisor es del tamaño de uno de cocina y esta empotrado en el techo. La mesa de noche es suficientemente grande como para poner las gafas, el celular y el libro de comics.

La música o el televisor se oyen por audífonos y la suite se cierra con una cortina oscura.

Al lado se oyen claramente los ronquidos y otros ruidos de los 20 o 30 compañeros de piso. No se escucha nada más, los huéspedes caminan como ladrones o maridos que llegan de madrugada.

En cada piso hay sanitarios, otra vez muy limpios, y lavamanos con todo lo necesario para lavarse, los dientes, las manos y afeitarse.

No falta la máquina que vende refrescos y café o té calientes. Al otro día los clientes bajan al segundo piso donde están la duchas colectivas, se arreglan, planchan los pantalones en planchadores automáticos, echan los fukotas en las bolsas de la ropa sucia, todos los clientes se hacen venias desnudos y nadie dice una sola palabra.

Cada piso, incluido, el de las duchas, esta monitoreado por cámaras de televisión que controla el único empleado de la recepción.

Bajan al primer piso, recogen los zapatos, los limpian en una maquina automática y dejan la llave en el locker.

Domo arigato le dicen al empleado y él los despide con otra venia y otro Domo arigato.

La noche ha costado 20 o 30 dólares, diez veces menos de que hubiera costado en un hotel convencional  

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