Amalia Morales [email protected]
Existe una ley (la 238) para garantizar sus derechos, pero “no se cumple en nada”. La gente enferma con el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) se trata por sus medios.
Eso cuenta Sergio Adán, de 33 años y portador del virus desde hace 14. Sergio Adán, nombre que da para proteger su identidad, explica que vivir con el VIH en países como Nicaragua no es fácil.
Reconoce que más dañino que el virus mismo es el rechazo de la sociedad, que en muchos casos comienza desde la casa.
Sergio Adán es parte de la Asociación de Personas Conviviendo con el Virus del Sida (Asonvisida), a la que están integrados unos 20 portadores del VIH.
A través de esta asociación reciben atención psicológica, y a través de organizaciones no gubernamentales consiguen algunos medicamentos profilácticos.
Sobre todo les facilitan ketoconazol, un remedio para el hongo en la piel y trimetoprim-sulfa, medicamento antimicrobios.
SIN TRATAMIENTO
Pero del Ministerio de Salud (Minsa) “no recibimos nada”, dice Sergio Adán.
En el Hospital Roberto Calderón hay una unidad donde atienden a los enfermos con Sida en su fase terminal, sin embargo, Sergio Adán se pregunta de qué sirve eso, si no cuentan con el tratamiento de antirretrovirales que se necesitan.
El Minsa tiene pendiente un programa de atención médica para enfermos del Sida, cuya aplicación costaría cuatro millones de dólares. Se prevé financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Hasta la fecha, el Minsa registra 869 personas seropositivas o portadoras del VIH. Sin embargo, Ana María Pizarro, Directora de Servicios Integrales para la Mujer (SI-Mujer), sostiene que en Nicaragua hay un subregistro.
“No se conoce la magnitud de sus consecuencias, ni de las enfermedades mortales asociadas. No hay suficiente conocimiento de los medios para prevenir la infección”, pronuncia Pizarro, quien es parte de la Comisión Nicaragüense para Prevenir el Sida (Conisida).
RETA LA DISCRIMINACIÓN
A propósito del recién pasado día de solidaridad con los enfermos de Sida, Pizarro dice que en la conferencia del Cairo en 1994, los países se comprometieron a asegurar que las personas infectadas por el virus recibieran atención médica adecuada y que “no sean objeto de discriminación”.
Pero la discriminación es una de las situaciones a las que están propensos los enfermos de Sida, reconoce Sergio Adán. “Si en los trabajos se dan cuenta de que uno es portador, lo corren”, afirma.
No obstante, por ley se prohíbe correr o discriminar a alguien que tiene Sida.
En su caso, ocultó su condición de salud cuando trabajó como operario en la Zona Franca y de vigilante en algunas empresas.
Para Sergio Adán ha sido clave el apoyo moral que le procura su familia. Sin embargo, dice, es duro saber de “compañeros que no tienen ayuda”.