Poder y podrido

Luis Sánchez [email protected]

El diputado liberal Jaime Morales Carazo, declaró a LA PRENSA que su ahijado y correligionario, el ex presidente Arnoldo Alemán, “es una persona orgullosa y soberbia, que continúa creyendo que es Presidente… quiere seguir siendo presidente honorario de la República de Nicaragua, a como es del PLC, que lo maneja de forma autoritaria”.

Otras personas que conocen al doctor Alemán desde hace mucho tiempo —por ejemplo, su cuñado, Eddy Gómez, quien ahora es disidente del PLC y uno de los más encarnizados adversarios políticos de aquél—, dicen que antes de encaramarse en el poder Alemán no era orgulloso y soberbio, sino un hombre “parejo”, como se dice habitualmente en Nicaragua de las personas que son sencillas y agradables en su trato con los demás.

En realidad, la historia universal da testimonio de que son muy raras las personas que no cambian, para mal, cuando llegan al poder. El poder produce varias enfermedades profesionales —soberbia, prepotencia, vanidad, codicia, impiedad, corrupción— que son más o menos graves de acuerdo con la formación y el talante de cada cual. Precisamente por eso fue que Abrahán Lincoln advirtió que: “Si queréis conocer el carácter de un hombre, dadle poder”.

Pero, ¿qué es el poder y qué tiene, que cambia tanto a las personas?

La escritora española Rosa Regas dice al respecto que siempre hay una parte del género humano que se aferra a una u otra ilusión de omnipotencia; que esto es una fantasía que viene de la infancia, cuando todos atravesamos por el período de déspotas inermes que es característico de todos los niños. James Hunte, por su parte, sostiene que el poder, al que define como “la capacidad de forzar o coaccionar a alguien, para que éste, aunque preferiría no hacerla, haga tu voluntad debido a tu posición o a tu fuerza”, es como un imán por el que se sienten atraídas muchas personas, especialmente los políticos.

El poder es dominio, imperio, fuerza, vigor, capacidad, poderío… la facultad que hace a una persona más fuerte y superior que otra, dice el diccionario de la Real Academia Española. Y, lógicamente, quien no tiene suficiente madurez emocional, integridad, ética, humanismo, abusa del poder cuando lo tiene.

Algunos políticos cínicos (como el estadista socialcristiano de Italia, Giulio Andreotti, quien se involucró en escándalos de corrupción y asociación con la Mafia) dicen que “el poder desgasta, pero al que no lo tiene”. Pero la verdad es que la experiencia histórica indica que el poder es perverso por su propia naturaleza.

“Todo poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”, advirtió el político inglés del siglo XIX, Lord Acton. Lo cual es lógico, si se considera que de poder se deriva no sólo poderío, poderoso, potencia, potestad, etc., sino también podrido, putrefacción, podredumbre, pútrido, como lo hace ver Joan Corominas en su Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana.

Pero, me cuestionarán: ¿Y los que ejercen el poder con sencillez, honestidad y generosidad, como el presidente checo Vaclav Havel, quien al terminar su jornada presidencial a las 7 de la tarde va a pie al antiguo barrio praguense de Mala Strana, para tomar cervezas con los viejos amigos, como lo hacía antes de ser Presidente?

¡Ah! Lo que pasa es que hombres como Havel no ejercen poder, sino autoridad. Pero esto es tema para otra columna.  

Editorial
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