Alfonso Castellón Ayó[email protected]
Después de conocer la trágica noticia del vil asesinato del comisionado general Christian Munguía, lleno de preocupación y con la más profunda inquietud, me dirijo a las autoridades militares, civiles, cuerpos de seguridad y sociedad civil para invitarlos a todos a que juntos hagamos una lucha común: Combatir la delincuencia duramente.
Ya hemos visto en días pasados el terrible flagelo de la corrupción, el cual mantiene en vilo a la sociedad nicaragüense, sabemos que es una lucha necesaria, pero dentro de lo que cabe, es una batalla judicial es una persecución contra los delincuentes de cuello blanco. Pero ahora con este infausto suceso, se hace necesario que recapacitemos todos los nicaragüenses y nos hagamos las siguientes preguntas:
1. Si esto le sucede a un alto comisionado de la Policía (segundo en mando), ¿qué podría pasarle a ciudadanos comunes y corrientes, que no sabemos defendernos como lo puede hacer un oficial de Policía?
2. ¿Qué le podrá pasar a ciudadanas indefensas que al detenerse en un semáforo en horas de la noche o en horas de la madrugada, se le acerquen individuos a su carro?
3. Y ya no digamos a nuestros hijos, que con la imprudencia de la juventud no tienen el olfato del adulto para presentir el peligro.
Estas interrogantes me obligan a escribir este artículo de opinión, no sin antes sentir el natural escalofrío de las veces que he pasado tremendos peligros por asunto de trabajo, de entretenimiento o de compromisos familiares. He sido un hombre afortunado al no haberme encontrado con situaciones como la que se encontró el hoy difunto, comisionado Christian Munguía. Pero he de reconocer que en distintas ocasiones he sentido el natural temor al detenerme unos cuantos minutos en los semáforos, con deseo de “volarme” la luz roja, y no porque sea un irresponsable ciudadano que no respete las leyes de tránsito, sino más bien por la incertidumbre de lo que pueda pasar.
Como he dicho al principio he sido afortunado. ¿Pero qué de aquellos inocentes seres humanos que confiados en declaraciones de que “nuestro país goza de la mayor seguridad ciudadana en Centroamérica”, no tomaron mayores precauciones, para encontrarse por última vez la sorpresa de su vida? Pues bien, considero este momento que con ironía nos deja la pérdida de un ciudadano ejemplar, de un profesional militar, oportuno para hacer un llamado de reflexión a todos los nicaragüenses que por bien o por mal, nos hemos encontrado con situaciones semejantes; con la suerte de no haber salido ningún delincuente a nuestro paso.
Creo que en un deber de todos los profesionales del Derecho, tratar de no defender a delincuentes peligrosos. Mucho menos a pandilleros o narcotraficantes, pues con nuestra ayuda estos delincuentes ganan la libertad en menos que canta un gallo. Y como consecuencia de la defensa de nuestros colegas, pululan por las calles esperando nuevamente la oportunidad para atacar una vez más a sus víctimas. Ya esto no es para disertar sobre seguridad ciudadana, para hablar de ser amistosos con los pandilleros, para hablar de los Derechos Humanos de los victimarios (asesinos, asaltantes, criminales, etc.) esto es para decir: ¡Basta, señores delincuentes! Dejen vivir en paz a la gente trabajadora que desea levantar este país para sacarlo de la postración económica, social y moral en que se encuentra. ¡No más indultos!
Este problema ya es nacional e implica una política dura del Gobierno en contra de la delincuencia.
Mi más sentido pésame a ese noble cuerpo de la Policía. Ánimo, señores, pidan ayuda al Ejército Nacional que ha dado muestras efectividad en los problemas nacionales cuando se les llama.
Ha llegado el momento de organizarse en brigadas civiles de alerta que denuncien la presencia de sospechosos merodeando sus residencias. No hay que tener compasión para el delincuente, porque éste no la tiene para con nosotros.
Pidamos a la Virgen de Fátima su intercesión y oremos por Nicaragua.
El autor es abogado, Secretario Ejecutivo de la Asociación de Confiscados de Nicaragua.