La suerte del caudillo liberal está escrita

Cristiana Chamorro [email protected]

Cuando uno llega a Ciudad Darío y pregunta por el busto que Alemán ordenó construirse durante sus últimos días de gobierno, la gente contesta con otra pregunta: “¿Anda buscando al tamal…? En lenguaje popular “tamal y tamalón” significan “ladrón”, me explican unos pobladores de esa ciudad. En la calle la mayoría se refiere a este asunto con vergüenza. Dicen que primero se sintieron indignados por la imposición de la estatua, y que ahora están orgullosos de haber “descarado la cara” de Alemán, como si un cirujano plástico hubiese sido contratado para eso. Según ellos, no hay interés de que se esclarezca quién hizo “esa gracia”. El que sabe, mejor se queda callado.

Sin embargo, al igual que en toda Nicaragua, la suerte de Alemán es un tema pendiente. En Ciudad Darío hay un sector de la población que promete volver a construir el monumento “con material indestructible, de cuerpo entero y vigilado día y noche”, como quien dice, una estatua con inmunidad. Otro grupo de ciudadanos sugiere que mejor lo hagan por docena, porque lo van a destruir cada vez que intenten volver a levantarlo.

En general, en Ciudad Darío prevalece un sentimiento de alegría escondida que se pasea por el bulevar de los ilustres, para ver cómo quedaron los restos solitarios de un Alemán deformado. De la obra sólo queda una masa de cemento con blanco en un pedestal rodeado de placas con nombres de instituciones estatales, las “cajas chicas” del servilismo al poder corrupto y corruptor del Estado que representó Alemán.

La destrucción de este primer monumento al tráfico de influencia y a la consagración del caudillo pareciera una premonición de lo que tiene que ocurrir en los próximos meses, e inevitablemente nos remonta al epígrafe de Ernesto Cardenal: “La estatua de Somoza en el Estadio de Somoza”. Escrito veinte años antes que el pueblo, en la insurrección de 1979, derribara ese otro monumento a la dictadura, lo de Cardenal es una profecía para todos los caudillos, que dice así:

“No es que yo crea que el pueblo me erigió esta estatua porque yo sé mejor que vosotros que la ordené yo mismo. Ni tampoco que pretenda pasar con ella a la posteridad porque yo sé que el pueblo la derribará. No es que yo crea que el pueblo me erigió esa estatua porque yo sé que el pueblo la derribará un día. Ni que haya querido erigirme a mí mismo en vida el monumento que no me erigiréis vosotros, sino que erigí esta estatua porque sé que la odiáis”.

En menos de cien días los darianos hicieron lo propio con el presidente saliente y marcaron el camino del juicio destruyendo el monumento de Alemán para Alemán. Darianos entrevistados explican que no lo hicieron por odio ni revanchismo, sino por necesidad de expresar la sed de justicia que siente el pueblo ante un sistema de imposiciones y corrupción institucionalizada.

Al igual que en todo Nicaragua, en Darío la orden sacralizada de “el hombre”, se impuso sobre los procedimientos institucionales del Consejo Municipal y del Comité Dariano de la ciudad. Cuando todos los representantes del pueblo le dijeron “NO” a la moción del alcalde, él dijo: “Pero yo ya le dije SÍ al hombre y no puedo decirle que NO.

La corta historia de este primer y último busto público a un “prócer viviente” puede ser leída como un cuento insólito de un pueblo lejano que nada tiene que ver con lo que está pasando en el resto de Nicaragua. Sin embargo, para mí es una radiografía en pequeño de toda nuestra desgracia reciente y simboliza el principio del fin del poder que tuvo el último caudillo liberal.

Guardando las proporciones, el “SÍ al hombre” por parte del alcalde de Ciuadad Darío es el mismo SÍ del servilismo que Alemán utilizó para institucionalizar la corrupción a todos los niveles. Ese SÍ a las órdenes arbitrarias, al burlador de leyes y corruptor del Estado es el que tiene al país en duelo por el saqueo del que fuimos objeto, y por las familias de los acusados —algunos inocentes— víctimas primero de la corrupción del ex Presidente y sus socios, y segundo, de ellos mismos, por la ausencia de carácter y por el poco raciocinio que tuvieron al medir las consecuencias y límites del poder.

Como diría el poeta Pablo Antonio Cuadra: “Fueron atrapados por el gran monstruo del S. XX, que ha sido la desmesura del Poder, que llega hasta el espíritu, lo paraliza y arrebata su valor a las personas”. Culpables e inocentes participaron del sistema y fueron condenados, pero no sólo por una juez que aplicó la ley, sino también por el propio Alemán, quien desde su refugio inmune y con su silencio ratificó el dictamen jurídico que pesa sobre sus más cercanos colaboradores en la cárcel.

En Ciudad Darío el pueblo nos señalo el camino, le quitaron la cara para quitarse de encima una vergüenza pública. Aquí, en Managua, la sentencia contra seis ex funcionarios de Alemán refuerza la petición judicial de una juez del pueblo que pidió la desaforación del presidente de la Asamblea para descarar, como en Darío, la cara de la corrupción de Alemán y poder hacer la justicia que el país merece. La suerte de Alemán está escrita en los juzgados de Managua, y como una caricatura de Guillén, en Ciudad Darío.

La autora es periodista, miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  

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