Agua de mayo

Luis Sánchez [email protected]

El director del Ineter, Claudio Gutiérrez, informó que las primeras lluvias del invierno de este año, caerán entre el 20 y el 30 de mayo corriente.

Los primeros aguaceros de la temporada lluviosa (“invierno”) de Nicaragua son vitales para los nicaragüenses, en particular para los agricultores y la gente de las poblaciones donde casi no hay agua y se secan los ríos, de manera que esperan con ansiedad las lluvias, después de 6 meses de verano. Por eso es que desde tiempos inmemoriales se usa la expresión proverbial “como agua de mayo”, al referirse a algo muy beneficioso y anhelado.

El maestro Jaime Incer explica el fenómeno con claridad didáctica: “En la segunda quincena de abril, el sol meridiano se ubica exactamente en el cenit de Nicaragua y sus rayos caen verticalmente sobre el territorio. El calentamiento de los rayos solares provoca la evaporación del agua contenida en los mares, lagos, ríos, terrenos húmedos, etc. El vapor de agua, al enfriarse en las alturas da origen a las nubes productoras de lluvia. Después de abril, cuando el sol ha pasado por el cenit y sobrecalentado el territorio nicaragüense con mayor intensidad, la atmósfera queda cargada de vapor y nubosidad listos para condensarse en lluvia, iniciando así el ‘invierno’”. (Geografía Básica de Nicaragua).

Pero en Nicaragua hay tantos depósitos naturales de agua que es absurdo que la agricultura y el servicio de agua corriente de muchas poblaciones tenga que depender de las lluvias y, por lo tanto, de las veleidades de la Naturaleza. Perfectamente podríamos tener un eficiente sistema de riego y servicio de agua en todo el país, que envidiarían los libios e israelitas que dicen ser maestros en la materia, y sin embargo estamos ya en el III milenio y seguimos esperando el agua de mayo igual que la esperaban hace mil años nuestros antepasados aborígenes. Y para que llueva le seguimos rezando a San Isidro Labrador y a San Pascual Bailón, como nuestros antepasados aborígenes ofrecían sacrificios a Tlaloc y a los tlaloques, para que estas deidades les enviaran las primeras lluvias.

En la mitología nahua, Tlaloc era el dios de la lluvia y guardaba el agua en cuatro grandes tinajas, que estaban colocadas en los cuatro puntos cardinales del cielo. Desde allí Tlaloc ordenaba a sus ayudantes (los tlaloques) que hicieran caer sobre la tierra las distintas clases de lluvia: las que producían buenas cosechas, las que las pudrían, las que las helaban, y las que hacían que las semillas se secaran y no produjeran frutos.

Tlaloc era el equivalente del Prometeo de la mitología griega, pues, así como éste robó a Zeus el fuego divino para dárselo a los hombres y dotarlos de inteligencia, aquél robó el maíz de Quetzalcoatl (el dios de la fertilidad) que Xolotl (gemelo de Quetzalcoatl y dios del mundo subterráneo) había sacado de la Montaña Sagrada de los Alimentos, para que los mortales pudieran alimentarse y vivir.

Los nahuas, cuando llegaba el tiempo de etzalcualiztli (equivalente a nuestro mes de junio) y aún no llovía, sacrificaban a las personas deformes y arrojaban sus corazones a una laguna llamada Pantitlan (lugar entre banderas). Pero eso no era frecuente, porque no había entonces hombres “civilizados” que dañaran el ambiente, de manera que las lluvias eran puntuales y los inviernos copiosos.  

Editorial
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