Las cumbres y sus resultados

Otto Reich

Hace un año, el presidente bush viajó a la ciudad de Quebec, en Canadá, para reunirse con los dirigentes del hemisferio occidental en la Tercera Cumbre de las Américas. Es una tradición que comenzó con la cumbre de Miami en 1994.

Ese proceso inició las gestiones para una Zona de Libre Comercio de las Américas, la creación de un mercado único que abarcaría 800 millones de personas, con un producto bruto de más de $10 billones, desde el Ártico al Cabo de Hornos.

Los que se muestran escépticos ante la globalizacion, con frecuencia acusan a los gobiernos de lanzarse ciegamente a hacer pactos comerciales sin considerar sus consecuencias sociales ni consultar a sus sociedades civiles. Esto es un error que pasa por alto el modelo que ya está funcionando en el hemisferio occidental. Durante los pasados ocho años, las naciones han estado esbozando una estructura social, económica y política para el Tratado de Libre Comercio de las Américas (TLCA) mediante las conferencias cumbres hemisféricas.

El principio básico de esas conferencias es que la democracia, el libre comercio y el desarrollo social son interdependientes y mutuamente fortalecedores. Esa filosofía funciona en los planes de acción que cada cumbre produce. En esos planes, el crecimiento mediante el comercio está acompañado de estrategias de desarrollo en educación, salud, confrontación de desastres, reformas judiciales, tecnología informática, derechos humanos, seguridad y medio ambiente, para mencionar sólo algunas de las iniciativas. A través de los años, esas cumbres han retado a ministros de Educación, de Defensa, de Justicia, de Salubridad, de Finanzas, de Trabajo, de Ecología, de Transporte, de Ciencias, de Energía y de Comercio a colaborar para resolver problemas dentro de nuestras naciones. Mediante un consciente y transparente proceso conferencista, los gobiernos y las sociedades civiles, incluyendo a las organizaciones empresariales y laborales, han creado una relación funcional.

Juntos participamos en un diálogo práctico en la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington, D.C., y en conferencias y sitios públicos de la web, para identificar asuntos en común, estudiar las condiciones de documentos comerciales y evaluar los resultados de las cumbres.

La democracia es fundamental para cimentar relaciones comerciales. Reconociendo esto, la Cumbre de las Américas de 2001 generó la Carta Democrática Interamericana de la OEA. En dicha carta, 34 naciones de las Américas reconocen los elementos esenciales de la democracia y se comprometen a practicar, proteger y promover sus principios.

La carta afirma que los ciudadanos tienen derechos y libertades explícitas, que no están sujetas a los caprichos de los gobiernos. Para nuestro hemisferio, ésta es época de democracias, no de dictaduras, y de constituciones, no de golpes de Estado.

La carta se aplicó recientemente en el caso de Venezuela. El 18 de abril, el secretario de Estado Colin Powell asistió a una asamblea especial convocada por la OEA bajo la Carta Democrática Interamericana. Juntas, las naciones democráticas de este hemisferio aprobaron una resolución respaldando los esfuerzos de Venezuela por lidiar con los desafíos que confronta su consolidación democrática.

La Carta Democrática Interamericana es sólo un ejemplo de cómo las cumbres americanas están iniciando una dinámica de cooperación sin precedentes entre nuestros países. El proceso de las cumbres brindó el primer modelo funcional de un esfuerzo antiterrorista regional. Pocos días después de lo ocurrido el 11 de septiembre, el Comité‚ Interamericano Contra el Terrorismo ya estaba esforzándose por identificar un programa de acción común para reforzar nuestras fronteras y los controles financieros en la región. La Convención Interamericana Contra la Corrupción es otro logro seminal de las cumbres que les brinda a los gobiernos un programa escueto para combatir la corrupción, que incluye la criminalización del soborno, una garantía de la transparencia en las adquisiciones gubernamentales, y el encausamiento de los casos de corrupción.

Sólo un año después de la conferencia en la ciudad de Quebec, la cumbre de 2001 ha sido un motor que ha impulsado proyectos regionales para promover la cooperación en tecnología informática; para garantizar los derechos a la propiedad; para fortalecer los programas de entrenamiento de maestros; para promover la preservación de los bosques tropicales y para mejorar nuestra capacidad de reaccionar ante los desastres naturales.

En este hemisferio, nuestra meta de libre comercio es paralela a la de la libertad política. Esas libertades son un cimiento para el amplio acceso a las oportunidades económicas que acompañan a la educación, el mantenimiento básico de la salud y la tecnología informática. El futuro de EE.UU. está vinculado al de nuestros vecinos en Canadá, Latinoamérica y el Caribe. Comprendemos que nuestra capacidad de prosperar en el siglo XXI depende de nuestras relaciones dentro del hemisferio occidental. Compartimos la meta de un TLCA para enero de 2005, dentro de un marco de democracia, libertad, el imperio de la ley y la prosperidad.

Y mediante las cumbres de las Américas, ya vamos en camino de todo eso.

El autor es Secretario de Estado adjunto de EE.UU.  

Editorial
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