Humberto Belli Pereira
No suenan los balazos ni sube al cielo el humo de las hogueras, pero Nicaragua está experimentando una revolución. La población que se abalanza en estos días sobre los periódicos presiente que algo grande o profundo está ocurriendo. En realidad, las revoluciones más profundas, radicales y duraderas, suelen ser relativamente silenciosas. Y no se dan tanto en la esfera de lo político como en la esfera cultural, es decir, en el mundo del comportamiento.
Con la prisión de Jerez, el proceso contra otros acusados, y la fuga de varios señalados, se percibe una realidad que nunca antes habíamos respirado: que el crimen y la corrupción pública, tienen castigo, independientemente de colores políticos, amistades o posición social. “Casi de la noche a la mañana”, me decía un amigo, “la cultura de la impunidad, tan arraigada en nuestra historia, ha quedado atrás”.
En realidad, el encarcelamiento o juicio a quienes son o han sido funcionarios de la administración pública, sólo había ocurrido en Nicaragua contra los adversarios políticos que habían sido derrocados. Pero nunca o casi nunca se había dado en tiempos de paz y afectando militantes o simpatizantes de los partidos de turno. Me refería don Emilio Álvarez Montalván, que al menos en la historia del reciente siglo veinte sólo se alcanza a registrar un incidente parecido cuando alrededor de 1938,y por razones estrictamente personales, Anastasio Somoza García acusó del robo de estampillas al ciudadano Casimiro Sotelo. Bajo los Somoza nunca se volvió a procesar a funcionario alguno por robo o corrupción, a pesar de los incontables abusos que se perpetraban.
Algo similar ocurrió bajo el sandinismo. Hubo asimismo irregularidades y abusos mayúsculos, pero ni su Contraloría ni sus comités de ética partidarios, encontraron falta mayor en nadie que hubiese ocupado cargos de alguna importancia. Tras la piñata, uno de los repartos de bienes públicos y privados más sonados del continente, el gobierno de doña Violeta consideró políticamente prudente, u obligado, no exigir cuentas a ningún funcionario de la Administración anterior. Con respecto a sus propios funcionarios se condenó, pero en ausencia, al ex viceministro de la Presidencia, Tony Ibarra.
Con la llegada del gobierno liberal de Arnoldo Alemán se ventilaron algunos procesos contra funcionarios de la Administración anterior que eventualmente fueron sobreseídos. Pero aun cuando luego estallaron ruidosas denuncias contra varios de sus propios funcionarios, el “tortuguismo” judicial, los sobreseimientos y los obstáculos a la investigación, hicieron inevitable la percepción de que no había voluntad política para castigar la corrupción.
No es sino hasta ahora, con el gobierno liberal de don Enrique Bolaños, que asistimos a lo que parece ser el inicio de una verdadera revolución de la honradez; que, de consolidarse, quedará registrada en nuestra historia como una de las mayores contribuciones del liberalismo moderno. En realidad, es más fácil encontrar gobernantes que hagan carreteras, pirámides y castillos, que gobernantes que construyan el edificio de la ética nacional.
La importancia de esta batalla frontal contra la corrupción no debe ser subestimada.
Algunos que reclaman a don Enrique que se preocupe más por el desempleo y menos por la corrupción, ignoran tal vez que la corrupción es una de las causas principales del subdesarrollo y del desempleo. Estudiosos de la historia contemporánea, desde Gunnar Myrdal hasta Lawrence Harrison, pasando por ejército de lúcidos científicos sociales, señalan unánimemente que el rigor del sistema ético es uno de los pilares fundamentales del desarrollo.
La impunidad ante la corrupción no sólo ahuyenta la inversión y la ayuda externa, particularmente esencial en la Nicaragua actual, sino que crea un profundo efecto desmoralizador. El castigar la corrupción, por el contrario, educa y moraliza con una eficacia aún mayor que la de muchos libros de educación cívica y sermones.
Ninguna revolución era tan necesaria en Nicaragua como una revolución ética. Ojalá que toda la ciudadanía, y en particular el liberalismo, de cuyo seno surgió el presidente que conduce esta campaña, sepa enarbolarla y defenderla.
El autor es presidente de la Universidad Ave María College y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.