Vistazo al liberalismo

Joaquín Absalón Pastora

El oportunismo pretende darle al liberalismo, forma de cadáver. Los sandinistas lo remitieron al “basurero de la historia”. Y ¿qué pasó? : el sepulcro fue para ellos.

Otros detractores dicen que el liberalismo es una doctrina perfumada. Pero los apologiítas de esa afirmación no reciben el apoyo de la realidad. Todo lo dicho, ha sido fulminado. Está engavetado. El “dogma” sólo sirvió para atrasar al mundo.

El liberalismo no ha derribado las cumbres de las tiranías para quedarse parqueado en la cerrazón de las minorías. Las doctrinas salificas tienen su álbum de pecados. Ni el milenarismo cristiano está exento de ellos.

Marx plantea “la liberación del hombre de la explotación del hombre” y eso sólo ha producido una dolorosa constelación de déspotas y la santificación de la riqueza.

El nacionalismo ha querido darnos también la imagen de la libertad. Toda esa búsqueda desemboca maliciosamente en las calles del error.

El liberalismo a través de la revolución francesa ofrece pecados menores. Quisiera decir —comparativamente—. Útil o inútil la apreciación, es lo que vemos y sentimos respecto de otras esquinas más ensangrentadas de la historia.

Hace poco me dijo una dama: “Yo soy liberal porque fui secretaria de Gomosa”. Párela amiga mía. Ningún cargo público por muy somero o rumboso que sea, valora a un liberal. Los puestos o “pegues” son momentáneos. Lo que da sustento al “largo metraje” es el respeto a la libertad individual sin que con esa finalidad se llegue a las injusticias sociales, a los exabruptos ególatras o a las posiciones acatas en la radicalidad de oponerse a la función de desempeñar con decoro cualquier responsabilidad pública que contribuya a la prosperidad nacional. Todo lo contrario de tener como objetivo el enriquecimiento personal a costa de romper la dignidad de las manos cuando éstas incurren en la sustracción de los bienes ajenos.

El juramento al asumir la función estatal obliga a levantar el brazo acompañado de una sólida antecedencia de formación planificada y capacidad ética y política, y no porque sea amigo de ningún supuesto liberal de postín, pertenezca a las argollas partidarias o haya colaborado en las campañas políticas con la miope visión de sólo alcanzar réditos materiales y porque diga “del diente al labio”:

“Soy liberal”. Esos son los que han querido con manchas en la camisa y fango en la gorra, tratar de poner “fuera de circulación” a lo que siempre prevalecerá mientras haya lucha por la libertad del hombre.

Nuestros dirigentes —de uno y de otro lado— no han madurado. Cruzan espadas indiscretas dentro del seno interior. Esas actitudes lastiman la inspiración cívica ciudadana a cuya llanura llega un mensaje desagradable y deteriorarte de la percepción que deben tener de sus dirigentes políticos.

No es el propósito mencionar nombres propios. Los pleitos se vienen dando desde hace muchos lustros. No es de ahora. Es desde siempre. Ésa ha sido —en gran parte— la furiosa normativa de nuestra historia.

Cómo superar esa desviación del control elemental. ¿Cómo —irónicamente— quitarle las máscaras al circo o el plomo a las palabras?

La pregunta es clave y colectiva pero la respuesta dando soluciones quién sabe por cuánto tiempo vegetará en la ausencia.

Desde luego el liberalismo como doctrina no tiene ninguna culpa. Sólo proclama el derecho a disentir pero en formas más elevadas y constructivas.

El autor es periodista.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí