¿Más empleos con Enrique Bolaños?

Pedro Belli [email protected]

Como se ha dicho en estas páginas, la promesa electoral central de don Enrique, creación de empleos, es tarea que le corresponde eminentemente al sector privado. Crear empleo productivo y permanente requiere inversión. Esta es una necesidad ineludible y evidente. Lo que no es evidente son las magnitudes involucradas. Durante los próximos cinco años un poco más de 200 personas diarias se incorporarán a la fuerza de trabajo. Crear una plaza de empleo ha requerido aproximadamente US$8,400 de inversión durante los últimos diez años. Al menos que el costo de crear una plaza de empleo baje sustancialmente en el futuro, sólo para emplear a los nuevos trabajadores se necesitará invertir unos US$1.7 millones diarios, o sea US$3,100 millones durante los próximos cinco años. Alcanzar estos montos de inversión es factible, pero no podemos suponer que se materializarán sin hacer esfuerzos para atraerlos.

Normalmente, la inversión se financia principalmente con ahorro interno y secundariamente con fondos externos. Desde 1991, sin embargo, Nicaragua ha financiado su inversión principalmente con fondos externos, ya que los nicaragüenses hemos consumido más de lo que hemos producido y el ahorro interno neto ha sido negativo. Esta situación no es sostenible y hay que estimular el ahorro interno.

El ahorro es un voto de confianza en el futuro, en las instituciones financieras y en la empresa privada. Las espectaculares quiebras de los bancos han minado esta confianza. La garantía gubernamental de los depósitos que se está considerando ayudaría a restaurarla y es necesario ponerla en práctica a la mayor brevedad posible. La democratización de las empresas para aumentar el número de accionistas también estimularía el ahorro. Para esto se necesitan dos cosas, la anuencia del sector privado a abrir las empresas y la supervisión del gobierno para que los potenciales inversionistas tengan acceso a información confiable.

La segunda tarea es atraer inversión extranjera. Necesitamos mejorar el clima de negocios y la imagen de país para atraer los volúmenes requeridos de inversión extranjera. Como se ha mencionado ad nauseam, necesitamos mayor estabilidad macroeconómica, reglas claras y estables, sistema judicial honesto y eficiente, honestidad en la gestión gubernamental, costos bajos de producción, mano de obra mejor preparada, etc. etc. A corto plazo no podemos mejorar la escolaridad del trabajador promedio ni reducir sustancialmente los costos de energía o de las telecomunicaciones. Reformar el sistema judicial tampoco es fácil.

Sin embargo, hay reformas sencillas, realizables en el corto plazo, que ayudarían a reducir los costos de transacción, diseminar información y por ende a mejorar la eficiencia del país. Se pueden simplificar los trámites bizantinos y agotadores que los ciudadanos comunes y corrientes tienen que hacer a diario: todo lo que tiene que ver con Aduanas, la DGI, la Policía, el Registro y muchas otras agencias gubernamentales. Migración es un ejemplo de lo que se puede lograr. Hace unos años sacar un pasaporte era una pesadilla. Hoy en día es fácil y rápido (para los que viven en Managua).

La inversión se puede estimular diseminando información y mejorando la imagen de país. Por ejemplo, se puede publicar en un solo volumen todos los requisitos para formar empresas y construir edificios, las leyes aplicables a negocios (como las leyes impositivas y el código laboral), los formularios para hacer trámites, los pasos que se deben seguir, etc. Para beneficio de los inversionistas extranjeros, este documento podría publicarse en Internet. Finalmente, es necesario mejorar la imagen de país. A pesar de diez años de relativa paz, nuestra imagen sigue sufriendo por los conflictos armados del pasado. Necesitamos poder presentar a Nicaragua como país pacífico, democrático y ordenado, donde la inversión extranjera es bienvenida y donde todo es fácil. Si emprendemos las reformas necesarias para que la imagen llegue a reflejar una realidad, la inversión extranjera llegará.

El autor es economista.  

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