A los siete años de edad, Roberto McEwan, único hijo varón, llevaba su vida tan normal como cualquier otro niño. Era amante del deporte y por ello formaba parte del equipo infantil de fútbol en el Colegio Nicaragüense Francés. El 25 de diciembre de 1987, cuando disfrutaba de sus vacaciones en Costa Rica, el niño sintió una molestia en su pierna izquierda.
Esa molestia dio la pauta para que sus padres le hicieran las radiografías y las placas que les brindarían un diagnóstico adecuado. Posterior a eso el niño se tuvo que someter a tres operaciones.
La última intervención fue en Cuba, un siete de junio del año 1988, en la cual le amputaron la pierna. Una enfermedad llamada osteosarcoma se había apoderado de ella.
McEwan tiene 12 años de vivir sin una de sus piernas. Y recuerda que a su regreso de Cuba continuó con su vida habitual, “cuando me adapté al uso de las muletas me integré en los equipos deportivos del colegio y me permitían jugar contra otros colegios”, narra muy orgulloso de sí mismo ya que nunca se permitió crearse complejos.
Hoy es un joven de 21 años, estudiante del segundo año de Ingeniería en Sistemas de la Universidad de Ciencias Comerciales, es alegre y muy parrandero, podemos decir que no ha dejado de hacer nada que le corresponda hacer de acuerdo a su edad.
Su familia y amigos pueden dar fe de ello, ya que éste hace todo o quizás más de lo que hace un chavalo a su edad. Sus actividades cotidianas son tan comunes como las de cualquier otro joven, como conducir automóvil, siempre y cuando éste sea de diesel, puede hacer deportes y es un amante de los bares y discotecas, a tal grado que no hay fin de semana que se quede de brazos cruzados en su casa.
Según nos cuenta, el secreto para que él nunca se haya formado un complejo y que haya seguido su vida con un ritmo normal, básicamente fue el trato de su familia.
“Mis padres nunca me mimaron, no me decían: ¡‘quédate ahí, no te movás’!, nunca me dejaron tirado en una cama o en una silla de ruedas”, explica. Añadiendo que es un error de los padres tomar esa actitud.
En el aspecto amoroso, su vida ha sido tranquila, ha tenido novias y enamoradas que han sabido valorarlo, por ejemplo su último noviazgo fue de tres años.
En este sentido dice que cuando una muchacha no accede a sus cortejos él no piensa que es porque no tiene una pierna, “yo no puedo pensar que alguien no me va a querer porque me hace falta una pierna, porque el hecho que no tenga una pierna no me hace diferente, a veces hasta se me olvida que no la tengo”, enfatiza.
McEwan tiene una prótesis, pero desde pequeño no le ha dado uso, porque considera que las muletas le dan más libertad y agilidad. Pero admite que las muletas le quitan las manos y que una de sus metas es empezar a usar su prótesis porque a la hora de buscar un trabajo, “el andar sin una pierna te quita elegancia”, señala.
Coqueta, extrovertida y jovial
Joseph Espinoza Hernández, es una morena muy simpática, originaria de San Jorge, Rivas, y tiene 19 años de edad. A pesar de su discapacidad física de nacimiento, la que consiste en que sus manos y piernas no terminaron de formarse, lo que le impidió jugar en la infancia en saltar, correr y hasta jugar rayuelas como toda niña, esto no han sido motivo para que sea ahora una joven postrada, encerrada en sí misma, acomplejada o apartada.
Al contrario, es una muchacha muy extrovertida, coqueta, muy jovial y siempre con una sonrisa en el rostro.
Estas actitudes que tiene ante la vida se las atribuye únicamente a la ayuda de su familia, principalmente a doña Modesta, su mamá, quien no sólo ha trabajado de doméstica para darle estudios en centros privados, sino también le ha dado amor y comprensión.
La joven se considera muy optimista, pues dice que lo que se propone lo logra, porque hasta el momento no tiene metas sin cumplir. Agrega que tener una comunicación con Dios le ayuda mucho, “le pido que me ayude, que me dé fuerzas y que me quite algunas ideas loquitas de la mente”, explica.
Uno de los recuerdos más gratos de Espinoza es la promoción de su hermano, día en el cual el joven la andaba presentando y exhibiendo con mucho orgullo ante todos sus compañeros, “como si yo fuera un trofeo”, cuenta.
Pocas veces Joseph se ha topado con gente que la cree incapaz, como cuando tenía nueve años y su mamá decidió inscribirla en primer grado. Recuerda que la directora del centro educativo, dudo mucho que ella pudiera dar la talla y la aceptaron bajo una condición: sus notas del primer semestre debían ser muy buenas, de lo contrario se tenía que retirar.
Fue entonces cuando Claudia y Katia, sus hermanas mayores, se tomaron la tarea de enseñarle a escribir y leer. Las calificaciones finales fueron excelentes y se ganó una beca para cursar segundo grado.
Sus buenas calificaciones no sólo fueron en los grados primarios, sino en el trayecto de su vida colegial. Por ejemplo en quinto año el embajador de Venezuela de ese entonces la felicitó públicamente por su esfuerzo y dedicación.
A parte de sus destrezas y humildad en la comunicación con su entorno, podemos mencionar que es muy hábil para maquillarse, se puede vestir sola, y sorprendentemente puede realizar la mayoría de quehaceres de su hogar, “puedo cocinar, lo que se me hace un poco difícil es abrir los huevos y echarlos a la paila”, apunta. Claro está que todo lo logra movilizándose en su silla.
Con respecto al amor, dice que nunca se ha enamorado, pero le gustarían que su futura pareja la entendiera, que tenga espíritu de superación, sea saludable y optimista ante la vida.
Actualmente inicia otra etapa de su vida, la universidad. La joven cursa el primer año de Relaciones Internacionales en la Universidad del Valle, y éste es el inicio de sus grandes sueños, ya que el día de mañana espera trabajar en una embajada.
Recalca que la inspiración para lograr sus propósitos en la vida es su mamá, quien aparte de asumir el costo de los estudios universitarios le paga semanalmente un taxi para que la traslade de su casa a la universidad.
Actitudes
Yaro Solórzano, psicólogo de la Fundación Xochiquetzal, enumera una serie de actitudes que se deben tener ante situaciones con personas afectadas directamente o familiares, pareja o compañeros de clase.
Si eres afectado
– Plantearte nuevos retos en la vida. Entender que no eres inútil.
– Saber que eres una persona que vale mucho. Tengas o no tengas una discapacidad.
– No debes usar el sentimiento orgullo como coraza. Debes dejar que los seres que te rodean te brinden ayuda.
Si eres familia
– Debes saber que el apoyo como miembro del núcleo familiar es determinante en el proceso del crecimiento emocional para la persona.
– El proceso dentro de la familia sólo implica seguir tratándolo como la misma persona que había sido parte y que sigue siendo parte de la familia. Conlleva a que tengas los mismos derechos y deberes.
– No debes dar a entender que debido a que le pasó algo malo lo quieres más. Sólo debes expresar que sigues amándolo (la), porque sigue siendo la misma persona, aunque no tenga una parte de su cuerpo.
Si eres pareja
– Seguir teniendo amor y respeto hacia la persona.
En clases
– No debes excluir a esa persona de tu grupo de trabajo. Al contrario, debes incluirla y tratar de valorar las capacidades y no las debilidades.
– No debes tener, ante el impedimento físico de la persona, una actitud de lástima o subvaloración.
– Hacerle ver que en determinado momento te puede pasar a ti mismo y que lo tratarás como a ti te gustaría que te trataran.
– Recuerda que una mirada equivale a un mal comentario, y que ambos laceran la dignidad de la persona.
– Sustituye la pregunta, ¿Qué te pasó?, por un comentario positivo. Siempre es mejor ver las partes del cuerpo que tiene completa y decir, qué bonita tu cara, qué bonita tu piel, por ejemplo.
– Recordemos que estas personas no son diferentes, simplemente desarrollan otras aptitudes a partir de una limitación física.