Virginia Vijil Icaza [email protected]
Si hacemos cuentas detalladas de lo que cuesta al pueblo mantener a la Asamblea Nacional, nos llevaríamos una grandísima sorpresa. Quizás podríamos resolver con ese dinero los problemas del agua de tantos departamentos, municipios y comarcas, enfrentar la sequía, ayudar a los agricultores y hasta sobraría para escuelas.
La Asamblea en las últimas décadas no ha servido más que para mantener parásitos que no han hecho absolutamente nada por el pueblo. Que lo digan los hechos actuales: se paraliza la Asamblea porque el señor Alemán, atribulado por las miles de quejas sobre su corrupción, quiere ir al Vaticano a implorar milagros. Deberían sus fraternos amigos, los jerarcas, informarle al señor Alemán que el que ama a Dios cumple sus mandamientos incluido el no robarás.
No necesitamos tener una Asamblea para que una pandilla de llamados diputados maquinen constituyentes y se defiendan de sus malos manejos en la administración pública y en su vida privada. Son muy costosos los gustos de esos malcriados que se exhiben vociferando en la televisión. Su lugar apropiado es el mercado (sin ofensa a las honradas personas que ahí trabajan). Da risa la aseveración de uno de los más ordinarios que decía: “a mí me eligió el pueblo”. ¡Pobre pueblo, cuántas atrocidades te achacan!
Creo que se debería estudiar la posibilidad de disolver esa institución, fuente de frustración del pueblo y escondite de corruptos.