- El más grande jonronero de
todos los tiempos
Edgard Tijerino M. [email protected]
Ah, qué tiempos aquellos! El “Vayan y vean batear al Tiburón”, era la más grande atracción en las huracanadas temporadas del 77 y el 78… Llegué a tener la impresión de que el Sol estaba iluminando el Estadio, aun siendo de noche, cada vez que Ernesto entraba al cajón de bateo… ¡Qué espectáculo, amigos!
Los que no pudieron verlo no tienen la menor idea de lo que se perdieron… Un bateador capaz de conectar más de 40 jonrones en cada una de dos temporadas consecutivas… Un permanente aspirante a las tres coronas… Un empujador constante de 100 carreras… Una posibilidad de explosión latente en cada turno… ¿Se imaginan eso?
Cierto, eran torneos de más de 100 juegos y el aluminio producía escalofríos en todos los montículos, pero sólo Ernesto, una vez que se desvaneció Pedro Selva, logró ese tipo de impacto… Su ingreso a nuestro superpoblado Salón de la Fama, era algo obvio, y ocurrirá éste jueves.
En 1971 Carlos García lo consideró necesario en la Selección que viajo a Cali, Colombia, para competir en los Panamericanos, y fue ese un tema de discusión con Tony Castaño, quien le concedió el visto bueno.
En el 72, ya Ernesto estaba provocando pánico… Con bate de madera, conectó 6 jonrones en menos de dos semanas, y todos saltamos de las butacas atrapados por el asombro… Se le llamó “El Tiburón Mayor” y comenzó la gran historia del último ganador de la Triple Corona en nuestro béisbol.
En 1979 se le presentó la oportunidad de firmar con “Los Amigos” de Miami, un equipo que había asegurado el látigo derecho de Porfirio Altamirano y perseguía a Vicente López.
Ernesto sólo pretendía saltar hacia las nubes, pero… casi sin percatarse, se deslizó hacia abajo brusca e inesperadamente… Afectado por la presión, no logró responder a las expectativas de sus calibradores y fue devuelto a casa, sin tomar un turno oficial, sin recibir un centavo de salario.
Pero “estaba marcado”… Aquella regla del amateurismo puro, hoy obsoleta, “todo el que estampe su firma en un contrato, o muestre el deseo de convertirse en profesional, queda inhibido de participar en Torneos Regionales o Mundiales de carácter amateur”, resultó mortal para su futuro… ¿No siente el olor comejenes cuando leen esto?
Cierto, pero, ¿para qué sirve lamentarnos ahora, 23 años después de aquel intento frustrado, y entrar en especulaciones inútiles sobre la grandeza que hubiera alcanzado el Tiburón azotando el pitcheo enemigo?
En su penúltimo certamen internacional, previo al Mundial de Italia en 1978, Ernesto disparó 10 jonrones provocando un gran impacto… Fue en los Juegos C.A. y del Caribe que se realizaron en Medellín, justamente cuando Cheíto conectó 15 aprovechando las facilidades del parque.
El no poder volver a la Selección cortó su inspiración por largos años y abrió una serie de interrogantes que se fueron agrandando… Nunca sabremos qué tanta grandeza hubiera acumulado Ernesto entre la Copa Intercontinental del 79 y digamos, el Mundial de Edmonton en 1990.
Al desaparecer esa posibilidad, se dedicó a combatir la depresión y obviar la pérdida de un dedo en la mano derecha, de la única manera que podía hacerlo: tumbando cercas y peleando títulos de bateo en los años 80… Semejantes alardes, hicieron más dolorosa su separación de la Selección, sin embargo, tuvo capacidad y aliento para construir como adiestrador, el agresivo ataque de 1985.
Los años y el natural desgaste, le pasaron la factura. Ni siquiera robles como él pueden sostenerse en el cajón de bateo por siempre, y de eso estuvo plenamente consciente, pero, más allá de sus cifras asombrosas, nos dejó un legado impresionante con su esfuerzo constante, dedicación callada, eficiencia garantizada y comportamiento correcto.. Es decir, que se fue, siendo un modelo a prueba para las nuevas generaciones de peloteros.
Ernesto nos recuerda que un deporte sin ídolos es como una patria sin héroes.