Ariel Montoya
El eje central de la democracia social iniciada en Nicaragua desde 1990, similar en grandes aspectos a las complejidades sociopolíticas de la región, como Guatemala o El Salvador tras el aldabón periférico de la Guerra Fría y el fin de las guerrillas insurgentes en la región, continúa siendo la inserción de la participación ciudadana en las decisiones de las capas políticas en el Poder. Estas inserciones de la colectividad, eventualmente influenciadas por cayos políticos de uno u otro bando, poco a poco vienen repercutiendo, tanto en la visión ciudadana hacia los gobiernos de turno, así como en el comportamiento ético y moral de quienes gobiernan, dada la energética influencia de la Sociedad Civil de cara a la erosión moral Pública y Privada y sobre todo, del fulminante martillazo de los medios de comunicación, desmantelando sucias telarañas de corrupción, caudillismo y retoricismo partidario, los que actualmente, en la Nicaragua del Gobierno del señor presidente Enrique Bolaños, parecieran que a sólo dos meses de su administración, tienden a ir modificando sus estructuras de comportamiento, lo que está creando, en medio de tantas desconfianzas revolucionarias, utópicas, “neo” liberales, fujimorales y electorales, un despertar en la confianza de la restauración de los valores éticos en la política como hacedora del bien común.
Es saludable dentro de esta conversión moral puesta ya en marcha en la “Nueva Era”, el debate que a partir de esta aspiración que parte de la ruptura con dichos moldes viciados, pueda provocarse. Lo que no se ha hecho esperar, sobre todo por los ribetes culturales que el concepto ha creado en diferentes teatros de la opinión pública, la ciudadanía en general y gran parte de la Comunidad Internacional.
Pero tonificar esa resquebrajada imagen de los políticos en el Gobierno no es nada fácil, sobre todo por los entretelones que implica tomar distancia de las referencias en mención, y que, dadas las incidencias de los actores políticos anteriores y ancestrales en el presente, tienden a criticar esta anunciada era por los buenos tiempos que el mandatario está prometiendo, pero que también por otra parte, viene generando simpatizantes venidos de diversas procedencias, tanto desde las llanuras de las justificadas inconformidades, del clientelismo apolítico e incluso, de sectores económicos nacionales e internacionales, de la Sociedad Civil, de los medios de comunicación sin influencias partidarias y de las fuerzas claves de la política local.
Es muy prematuro predecir que la cobija de la “Nueva Era” ya motivó a moros y cristianos, pues es parte de un proceso. Y esto el Gobierno lo sabe, como también sabe que sus detractores no pueden negar que ha habido avances en 90 días de administración, evidenciados ya en los resultados de la última encuesta de Borge y Asociados, que muestran un espaldarazo sólido al pulso político que navega en esa vía.
La reducción del gasto público, el paquete de reformas entre las que sobresalen las hechas al Código Penal y al sistema Judicial, la confianza en la inversión extranjera, la relación cada vez más estrecha con la Sociedad Civil y la reducción salarial a las elites en la gestión pública, son logros reales.
Por otra parte, persiste en el ambiente un clima favorable de respaldo ciudadano a la gestión presidencial, la cual de seguir así, independientemente de las fallas y respuestas a las eventualidades cotidianas, estaría por demostrarse que más allá de la fenecida utopía, y del romanticismo legendario que empieza a tejerse en la “Nueva Era”, el país tiene en sus manos una jugosa oportunidad de reivindicar su presente.
Guillermo Cabrera Infante ha dicho que la burocracia es algo que consiste en mover mil papeles de un lugar a otro que nunca llegan a ninguna parte. En Nicaragua, quizá con tropiezos, esos papeles están llegando a un destino concreto: el de devolverle al quehacer político su misión humanizadora de la valoración moral en quienes lo ejerzan. Definitivamente, de la Sirena sobrevivirá el Canto, y tras éste, el reto.
El autor es escritor y periodista.