Don Cecilio Rivera Zelaya y su “Adorado Tormento”.

Poesía, picardía y consejos de don Cecilio Rivera Zelaya

“Puedo decir, con conocimiento de causa, que el mejor método para cortejar a una mujer es ser sincero, no adularla, decirle lo que es. Eso no representó para mí un gran esfuerzo, pues cuando le decía a mi novia —hoy mi esposa— que era hermosísima, que era rubia, esbelta y de ojos azules, le decía […]

  • “Puedo decir, con conocimiento de causa, que el mejor método para cortejar a una mujer es ser sincero, no adularla, decirle lo que es. Eso no representó para mí un gran esfuerzo, pues cuando le decía a mi novia —hoy mi esposa— que era hermosísima, que era rubia, esbelta y de ojos azules, le decía la verdad”, dice nuestro entrevistado.

Mario Fulvio Espinosa [email protected]

Bueno don Cecil, comencemos a hablar de las cosas que más le gustan.

“Pues entonces, amigó, hablemos del trabajo y del béisbol”.

Y comienza don Cecilio Rivera Zelaya a contarnos que desde los trece años empezó a jugar beis, que representó en ese deporte a su Jinotega natal, pero que tuvo un accidente que lo retiró del cuadro, pero no del juego, porque prosiguió como manager.

Don Cecilio es profesor, poeta, escritor, autodidacta, agricultor, matarife, carpintero, albañil, veterinario, un verdadero etcétera, etcétera en oficios, pero además cuenta unos cuentos raros, de “bola escondida”, que su amante esposa escucha con amorosa benevolencia.

Usted es jinotegano autóctono.

Sí, tengo 70 años. Hasta hace poco tiempo Jinotega era como todos los pueblos que comienzan a nacer. Existían muy pocas casas. En el Parque Otto Casco había una casita blanca que estaba en un callejón que llegaba hasta donde está ahora el Puesto Sur, allí había una huerta sembrada con toda clase de frutas, los jóvenes de aquel tiempo pagábamos un chelín por entrar, y salíamos cargados con sacos de mangos, naranjas y toda clase de frutas.

Por el lado norte, al otro lado del puente, existía una casita de paja habitada por un viejito que se llamaba Toribio Palacios. Él vivía de la caridad pública. Criaba perros, los vendía, y de eso se ayudaba, era un anciano barbado al estilo Santa Claus, se remangaba el pantalón hasta la rodilla porque le daba miedo pasar sobre un tronco que servía de puente de acceso a la ciudad, prefería vadear el río.

Me gustaría que me contara alguna de sus famosas anécdotas.

Muy bien. Le voy a contar primero el cuento de La Garza. Yo para ganarme la vida he sido polifacético, he hecho de todo. Una vez instalé un puesto de carne a todo dar. Tenía un amigo tornero al que le decían “La Garza”. A mí me traían carne día de por medio, y entonces “La Garza” me mandó un papelito que decía: “Te ruego que me guardes la aguja, la lengua, dos lomos, lomo de costilla, posta, lo mejor de la res”.

Mi señora hacía como tres días acababa de regresar de los Estados Unidos y me estaba ayudando en el despacho de la carne. Agarro entonces un hígado que me llena de sangre las manos, lo que me valió para decirle: “Mirá, hijá, sacáme de la bolsa de la camisa un papel que es un encargo especial, no quiero ensuciar mi camisa”, y va ella y saca el papel y lo lee.

A esa hora había una gran cola como de cincuenta mujeres que querían comprar carne y mi esposa al leer se indigna. “¡Por fin te agarré in fraganti! —me espeta—. Aquí, para la casa dejás los huesos de la cabeza, el costillar y las menudencias, pero a tus mujeres les recetás lo mejor”, y dirigiéndose a las damas presentes les dijo: “Señoras, yo he sostenido que todos los hombres son iguales, todos son inmorales”. ¿Por qué decís eso, qué fue?, le grité. “¡Cómo que qué fue, que a esta mujerzuela ‘La Garza’ le mandás lo mejor!”

Y todas las mujeres a la expectativa y comentando a grandes voces mi adulterio. “Tiene razón esta señora”, decían unas viejas.

Y yo todo contrito queriendo darle explicaciones, pero ella no entendía. Al fin pude convencerla allá a los días, cuando supo que “La Garza” era mi amigo, pero en el vecindario quedé como mal marido, enqueridado y puto.

EL CASO DE LA MULA CANOSA

Dicen que usted hizo muchas picardías, cuéntenos algunas.

“Mi suegro se llamaba Medardo Chavarría, era hacendado, tenía ganado, bestias y todo, vivía como a una jornada adelante de Yalí. Un día se aburrió de vivir tan lejos y compró una gran propiedad en Jinotega. Como era Chalán le encantaba montar en una mula negra grande y elegante. En esos tiempos los caminos de por estos lados eran todos de herradura. No existían carreteras. Cuando llueve esos caminos se hacen como gradas y el animal viene como braceando, y en esa andadera la bestia pierde mucho pelo, que cuando le crece nuevo es blanco como las canas.

Sucedió que el viejito le regaló la mula a mi cuñado. Pero mi cuñado me propuso lo siguiente: “Hombré, Tetil (así me decía), te cambio la mula por tu caballo”. Yo tenía un caballo moro muy hermoso, pero me tentó la oferta. Examiné a la mula, tenía una dentadura perfecta, era hermosa, panzonota, la cola como abanico, hermosos los ijares… Cambiemos, pues, le dije, porque desde que vi la mula vislumbré la perspectiva de un prometedor negocio.

Yo había visto que a los caballos le ponen gas en las chimaduras y se sanan, pero botan el pelo. La mula tenía canas en las orejas, entonces la agarro, la lavo con jabón y después le restrego el gas, también en los ijares y donde tenía parches de canas.

La mula botó el pelo, casi quedó en el cuero. Pero noté que en la parte pelada ya le venían creciendo unos tronquitos microscópicos de pelo blanco.

Yo sabía que las mujeres usaban “pastillas mejicanas” para negrearse el pelo y me dije: Si las mujeres pueden por qué no mi mula. Me voy a la miscelánea de doña Pastora Rizo y le pido un tinte de pelo. —¿Y para qué lo querés?, me preguntó. Es para mi mamá, usted sabe que las mujeres son vanidosas, le digo. —¡Qué bien!, hoy son raros los hijos que se preocupan por su madre—, dijo ella.

Me dio toda la receta, y al día siguiente me llevé la mula al potrero donde nadie nos viera, y con mi cepillo de dientes comienzo a darle para atrás y para adelante. Como a los cinco días se desata una gran llovedera, y yo preocupado por mi experimento, pero no se destiñó, sin embargo, como hombre prevenido le volví a dar otra repasada de tinte, quedó precioso el animal.

Después la fui a enllantar donde el mejor herrero de Jinotega, se llamaba Marcelino García.

“Pero ésta no es la mula de tu suegro” —me dice Marcelino.

No, le digo, es otra mula que acaban de traer de tierra adentro. Quedó como nuevecita. ¿Cuánto calculás que vale?, le pregunto a Marcelino.

—Como entre cuatro y cinco mil pesos —me dice.

Vengo, pues, le pongo una albarda muy bonita que tenía y me voy para el lado del parque, y cuando pasaba por la Administración de Rentas oigo un silbido…

—Heeey, Riverá… (era don Aníbal López) preguntále a tu suegro si vende la mula.

—No es de mi suegro, es mía, le digo.

—¿Es tuya?

—Sí, él se la obsequió a mi señora y por eso es como mía.

—¡Vendémela pues!

—Es difícil, ella adora este animal.

—Convencela, pues…

—Pido cinco mil maracandacas.

—No le hace, te la compro…

Al rato ya lo tenía en la casa, y necio en comprarme el animal. Hay un problema, le digo, que yo no puedo quedarme a pie. No importa, te doy también mi caballo (un caballo hermosísimo que tenía), pero es que estoy encaprichado.

Para no cansarle el cuento, don Aníbal llegó con un experto a ver la mula, se secretaron entre ellos como que me estaban dando vuelta con el cambio, al fin se la vendí, me dio los reales y el caballo retinto.

Como a los tres días don Aníbal se va para El Cua con un tío a comerciar. Dejaron la mula en un potrero. Cuando regresaron me contaron que se habían robado la mula, pero que habían encontrado otra canosa, flaca y vieja. “¡Ah, no!, les digo, esa no es la mula, si yo la tenía acostumbrada a comer el maicito de mi mano y a bañarla y peinarla casi todos los días… Esa no es la mula.

Así quedó el cuento, yo no sé de dónde jodido saqué tanto cinismo, ni por qué me pongo tan serio cuando hago mis bandidencias.

UN AUTORRETRATO

“Yo soy el mero diablo, pero también a veces soy taciturno. En mis versos me gusta usar romántica metáforas, por ejemplo decirle a mi musa, “cuando la hoguera de tus ojos queme mi corazón”, para enamorar a mi mujer la fui envolviendo en un capullo de poemas, pero la verdad fue que nos envolvimos ambos”, así se describe don Cecilio Rivera.  

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