¿La corrupción fue sólo una percepción?

Carlos Cardenal

Un bonito eufemismo para la corrupción era lo que se denominaba hasta hace poco como “percepción de la corrupción” o sea que ésta era nada más un espejismo, algo que en realidad no existía. Pero cuando se insistía en que había corrupción, entonces se pedían pruebas y señalamientos concretos. ¿Dónde está la corrupción? Era el grito.

Esos tiempos han pasado y la corrupción dejó de ser una percepción quimérica, si es que alguna vez lo fue. La corrupción estuvo allí donde se suponía que estaba, mal escondida a veces y otras al descubierto, visible; casi se podría hablar, sin ironía, de una corrupción transparente, que azotó nuestra dignidad y nuestra inteligencia y que ahora ya está en manos del FBI y del gobierno de los Estados Unidos, quienes se han dispuesto a tomar la iniciativa para castigar a los presuntos delincuentes. ¡Qué pena que no hayamos sido los nicaragüenses los que tomamos esa iniciativa!

Si no hubo corrupción, ¿por qué el presidente Bolaños acudió a la Asamblea Legislativa a presentar con carácter de urgencia un minucioso proyecto de ley, para prevenir y castigar a sus colaboradores que caigan en las mismas tentaciones de sus antecesores? ¿Por qué el embajador del Japón expresó en los medios de comunicación, su preocupación por esta plaga y su existencia real aquí en Nicaragua? Deduzco que esta preocupación no es individual de su gobierno, sino también del grupo G-7 y de otros países donantes y acreedores. Es un secreto a voces que todos esos países esperan una rectificación hacia la consolidación de una genuina transparencia en el aparato estatal, para seguir impulsando el desarrollo que tanto necesitamos.

Hubo funcionarios honestos en el gobierno anterior, sin embargo, no se puede negar que algunos hicieron gala de ostentación y despilfarro. No basta que la esposa del César sea honrada, sino que debe también aparentarlo. Aquí las apariencias no nos han engañado, y ya empezamos a ver con anteojos extranjeros lo que nuestros fiscales y encargados del Ministerio Público no han podido o no han tenido el coraje de ver con ojos propios.

La corrupción se alimenta de la excepcionalidad, la discreción y otros vicios asociados con el poder administrado en favor del poderoso, sus allegados y socios. Se considera que la sustracción de dinero al erario por parte de un funcionario en un país de Europa constituye delito grave, pero todo el mundo sigue con su trabajo y las prestaciones sociales de los trabajadores quedan intactas; no así en nuestro país, donde este delito deja sin escuelas a miles de estudiantes, sin servicios hospitalarios a otros tantos, lo cual lo convierte en un crimen de lesa humanidad.

No podemos darnos el lujo ni de aparentar corrupción, ni de tenerla en algún nivel, sea dentro o fuera del Estado. Tenemos que ser honrados, por lógica, por respeto a nosotros mismos, y por último para no afectar en forma alguna los limitados recursos que se dedican a los sectores más desfavorecidos de la población.

El bien común debe ser de todos y no de un grupo minoritario, enemigo del progreso social y de la conformación de un estado de derecho. Una sociedad justa es sinónimo de democracia y de paz social. La nueva era, por lo tanto, debe colocar a la honestidad como primer valor en la escala de las virtudes ciudadanas.

El autor es lingüista.  

Editorial
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