Es momento de escuchar

Douglas [email protected]

BARCELONA.— Hay gobiernos y organizaciones que quieren ayudar a comunidades, pero cometen el error de un mono que desde su rama vio un pez, se lanzó al río, subió al pez a la rama y dijo: “He hecho una buena acción, he salvado a un ser de morir ahogado”.

La historia la cuenta José María Márquez, un español que trabajó con Madre Teresa de Calcuta y ahora asiste a niños de Malawi, quien ha llegado a la conclusión de que para ayudar es muy importante escuchar.

Esa lección simple tiene mucha trascendencia en países como Nicaragua, donde las comunidades caribeñas padecen, además de la pobreza, la incomprensión de sus culturas porque el gobierno central se ha interesado poco en escucharlas.

El gobierno sandinista, que en los años 80 les ofreció autonomía para contener el alzamiento armado indígena, en una ocasión envió libros a los niños sumus, y entre varios dibujos discordantes aparecía un semáforo, algo ajeno para habitantes de la selva de Bosawás que se transportan en canoas por los ríos.

Equivocaciones como esas, o peores, se han seguido cometiendo por la sencilla razón de que en el Pacífico, donde se concentra el poder político y vive la mayor población del país, ladina, hace falta escuchar a los costeños y conocerlos.

Algunos liberales creen que la pobreza de las poblaciones caribeñas de Nicaragua será superada si habitantes del Pacífico se van a vivir de forma masiva a la Costa. Pero eso ocasionaría una destrucción más rápida de los bosques, ríos y lagunas, poniendo en peligro una enorme riqueza biológica de Nicaragua.

Quienes irían a repoblar la costa caribeña serían campesinos pobres que han quedado sin tierras en el Pacífico, y su cultura laboral consiste en talar árboles, quemar y sembrar, mientras que los indígenas tienen la tradición de conservar los bosques y las fuentes de agua, de los que dependen.

Las comunidades indígenas han pedido aprovechar las reservas naturales de la Costa para desarrollar el ecoturismo, negocio que tiende a crecer hasta en un 30 por ciento anual en el mundo, mientras el turismo tradicional apenas aumenta en cuatro por ciento.

El turismo naturista protege el medio ambiente y permite “crear fuentes de trabajo y preservar los valores culturales de las comunidades locales”, indica un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que destaca el repunte de ese sector en las economías latinoamericanas, una de las razones por las que Naciones Unidas declaró el 2002 como Año del Ecoturismo.

Los turistas valorarían mucho Orinoco, Tasba Pauni, Bismuna o Musawás, apreciando al natural la cultura de los garífunas, los creoles, los miskitos o los mayangnas. El negocio beneficiaría a toda Nicaragua, pero la idea sólo progresaría si el gobierno y los empresarios escuchan a los nativos de la Costa, antes de invertir.  

Editorial
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