Luis Sánchez [email protected]
Durante las celebraciones darianas de este año, el alcalde de Ciudad Darío hizo poner en un lugar distinguido de aquella ciudad un busto del ex presidente Arnoldo Alemán, a quien, por eso mismo, en algunos medios lo llamaron “Prócer Viviente”. Pero de seguro que fue en sentido irónico que calificaron así al señor Alemán.
Prócer, en el sentido estricto de la palabra, es una “persona de la primera distinción o constituida en alta dignidad”, según el diccionario de la RAE. Viene del vocablo latino proceris, que significa ilustre, y así llamaban los antiguos romanos (¡siempre los romanos!) a las personas nobles y distinguidas. En España, la reina regente María Cristina de Borbón dio —en el Estatuto Real que rigió de 1834 a 1836— el título de próceres a los integrantes de un estamento especial que por derecho propio o nombramiento regio integró las Cortes Españolas en carácter de senado, junto con el estamento de procuradores o diputados.
Y en los países hispanoamericanos desde el siglo XIX se comenzó a llamar próceres a los principales líderes de la independencia, quienes en su gran mayoría eran criollos, o sea, españoles nacidos en América. Y desde entonces cuando se habla de próceres se entiende que son los forjadores de la independencia, o padres de la Patria como también se les dice, respetuosamente. Dicho con otras palabras, los próceres nacionales son aquellas personas ejemplares a quienes la posteridad rinde tributo porque sus acciones se grabaron en la historia, pues su vida y obra se identificaron con las etapas decisivas de la formación de la nacionalidad, con la creación del Estado independiente, etc.
Pero también algunos dictadores y tiranos se han adjudicado el título de próceres y algunos hasta se han proclamado símbolos de la Patria, e inclusive de la Providencia. Recuerdo, a propósito, una impresionante escena de la telenovela venezolana Gómez, que se pasó en Nicaragua en 1982, sobre la vida del general Juan Vicente Gómez, famoso y tenebroso personaje que gobernó sangrientamente a Venezuela entre 1908 y 1935. En el momento cumbre del culebrón histórico, cuando Gómez se estaba muriendo de causa natural, su más fiel ayudante, Tarazona, exclamó, transido de dolor y con la voz quebrada por el llanto: “¡Se muere la Patria!”
Pero no hace mucho —en 1998—, en Argentina hubo una candente discusión pública cuando alguien mandó a imprimir y distribuir unos cuadernos escolares en los que aparecía la foto del entonces presidente Carlos Menem junto a las efigies de los próceres José de San Martín, Manuel Belgrano y Domingo Faustino Sarmiento.
En Nicaragua, al general Anastasio Somoza García sus serviles le endilgaban distintos “títulos” estrambóticos; y a su hijo, Anastasio Somoza Debayle, alguien le llamó “Huracán de la Paz” entre otros abyectos calificativos. Por cierto, al general Somoza Debayle fue a quien el Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal llamó irónicamente “El Prócer”, según aparece en el Diario personal de nuestro Director Mártir, escrito entre el 13 de febrero de 1975 y el 20 de diciembre de 1977.
De manera que debe ser por eso que al ex presidente Alemán lo llaman “Prócer Viviente”, después que se mandó a hacer y colocar su busto en Ciudad Darío, que a lo mejor podría ser rebautizada como “Ciudad Prócer Alemán”. ¿Por qué no? En Nicaragua nada es imposible.