José Poveda S.
La creación de una auténtica democracia exige que los problemas del país sean discutidos por todos los que se interesan en ellos, aun con discrepancias, y a pesar de la magnitud de las ideas. Implica tener miedo a la crítica y desconfianza en los puntos de vista propios, cuando no son analizados y discutidos para el ejercicio de libertad de expresión.
La tolerancia jamás ha sido un regalo de los sistemas políticos, sino una conquista de las fuerzas que en el mundo moderno han luchado por la democracia. Pero la tolerancia es, sin duda alguna, el signo primario y fundador de una civilización política democrática. ¿Cómo puede existir lucha cívica, con todo lo que esto significa, si no hay un sistema político tolerante de las creaciones y programas de los periodistas que luchan por la libertad de expresión y comunicación?
La presencia de medios sociales independientes y críticos en los espacios culturales, filosóficos, de la creación literaria, científica, jurídica, ha hecho posible, en todas las sociedades democráticas, la existencia misma de la política y la ideología al ampliar el debate nacional. Los partidos tienen su papel concreto en una sociedad plural y democrática, pero su proceso histórico en la lucha por el poder y el cambio social puede excluir ciertas manifestaciones que se deben cumplir, por otro camino, organizaciones, grupos independientes o la sociedad civil. No existe ni confusión ni contradicción en ese supuesto. Un órgano de partido tiene sus propios límites. En un país verdaderamente democrático ningún funcionario público puede darse el lujo de rechazar por irrespetuosas las críticas de sus opositores y los periodistas.
No es extraño que cualquier funcionario público se defienda con desesperación de los pensamientos e ideas que amenazan con superarlo. De hecho, muchas veces en esa defensa es donde mejor se refleja el nivel de quienes para sostenerse en sus funciones, faltos de ideas o de imaginación, incurren al último recurso de impotencia que es el ataque, el insulto y tal vez la agresión personal.
Cuando la autoridad sataniza a un periodista o a una publicación, algo falla en esa relación, pues basta que se haga pública la hostilidad de una autoridad hacia algún órgano periodístico para que la existencia de ese órgano se haga casi imposible, ya que sobran quienes —en todos los sectores— prefieren halagar a la autoridad que mantener su relación normal con el periodista y la publicación satanizados.
El autor es Vicedecano de la Facultad de Derecho, UNAN-León.