Elogio y crítica del periodismo

El Día del Periodista de Nicaragua, que como es sabido se celebra cada primero de marzo en honor de Rigoberto Cabezas, fundador del diarismo nicaragüense, es una jornada de contenido gremial de los periodistas, pero también de defensa de la libertad de expresión y de prensa, que es un principio supremo sin el cual no puede existir una sociedad democrática ni se puede garantizar el respeto a los derechos individuales.

Sin dudas que la libertad de prensa ha sido uno de los logros más importantes y efectivos del proceso de democratización de Nicaragua. El derecho a la libre expresión es el bien jurídico y social que más ha prevalecido en este proceso democrático, pero hay que cuidarlo, protegerlo y defenderlo todos los días, porque las libertades democráticas no se establecen de una vez y para siempre, sino que hay que conquistarlas y cultivarlas todos los días.

Ahora bien, para exaltar la dignidad de los periodistas y defender con eficacia la libertad de prensa, el Día del Periodista debe ser también una ocasión para revisar autocríticamente el comportamiento profesional de los trabajadores de la información, con el sincero propósito de reconocer y corregir los errores, omisiones y vicios que se cometen y practican en el ejercicio del periodismo. En realidad, los periodistas no deben caer en la misma arrogancia que se critica a algunos altos funcionarios, quienes se consideran intocables, y creen que por el poder que tienen y el que se arrogan adicionalmente se les debe rendir pleitesía.

Es innegable que el periodismo ejerce una gran influencia en el desarrollo de los acontecimientos y en la formación de la conducta de los consumidores de información y opinión. Por eso mismo, los periodistas están obligados a evaluar con la máxima honestidad su propio trabajo, identificar con franqueza sus errores, e inclusive, señalar abiertamente los vicios que desnaturalizan el ejercicio de su profesión, pues los periodistas no pueden pretender que están a salvo de las perversas influencias de la corrupción que socava a las instituciones de gobierno y contamina a toda la sociedad.

De manera que los periodistas deben reconocer y denunciar ellos mismos, y antes que nadie, los errores y vicios fundamentales que se cometen en el ejercicio del periodismo, que dicho sea de paso son prácticamente iguales en todas partes del mundo: sensacionalismo, mercantilización de la información, utilización de medios no éticos para obtener noticias, olvido del respeto que merece la dignidad de todo ser humano, incumplimiento de los principios que obligan a confirmar la veracidad de una información antes de difundirla, ligereza en el tratamiento de cuestiones de grave repercusión social, violación de la intimidad de las personas, alentar los resentimientos entre distintos sectores de la población, incitación a crear situaciones tumultuosas o potencialmente atentatorias contra la seguridad de las personas, etc.

Pero también el público debe saber diferenciar al periodismo profesional, veraz, responsable y ético —que critica a los representantes de los poderes públicos y fácticos porque una de sus funciones fundamentales es fiscalizar la administración gubernamental y velar por los derechos de las personas y los intereses de la sociedad—, del “periodismo” panfletario y amarillo que defiende o ataca a cambio de paga, que comercializa con la información y que explota de forma deliberada el morbo con fines estrictamente económicos.

La aceptación o el rechazo del público han sido siempre, siguen siendo ahora y serán siempre los mejores termómetros para medir la credibilidad de los medios de comunicación. Pero ninguna o muy poca utilidad tendría la aceptación o el rechazo del público a los periódicos y demás medios de información, si los propios periodistas no lo complementan y aprovechan con un ejercicio honesto de la autocrítica, que es lo único que permite perfeccionar el ejercicio del periodismo —igual que de cualquier otra profesión— y el desempeño de su responsabilidad social.

Es evidente que en Nicaragua la población no confía en las instituciones del Estado, porque éstas se encuentran minadas por la corrupción y envilecidas por la injusticia, de manera que la confianza y la esperanza de los ciudadanos se ha depositado en la prensa libre y los periodistas independientes. Y éstos deben honrar esa confianza con un trabajo cada día más profesional, más veraz, más responsable y más ético.  

Editorial
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