Carlos Cardenal
No soy político ni politólogo, sino un apasionado de este quehacer que me incumbe, toda vez que soy o creo ser, al menos, ciudadano de este país que se llama Nicaragua, donde veo que se agitan y manipulan conceptos ideológicos que quisiera comprender mejor y ordenar en forma coherente, con las modestas habilidades de mi intelecto.
Desde Platón hasta los enciclopedistas hemos recibido un caudal de doctrina sobre la esencia del Estado, valga decir, sobre las maneras cómo ese grupo de hombres que se asocian en un determinado territorio, deben regular sus relaciones de convivencia y delegar en otros la conducción de ese aparato, constituido por leyes y normas sociales, que hacen posible dicha convivencia y la prosperidad del grupo. La Revolución Francesa quiso ser la apoteosis de un Estado que compendiara el máximo de libertades y derechos y de allí se deriva en parte, lo que hoy llamamos liberalismo.
Nuestro universo de civilidad está constituido, en parte importante, por la corriente liberal y nuestro Estado está conducido por un número mayoritario de miembros pertenecientes al Partido Liberal, ideología que según criterio común, es una doctrina abierta, propulsora de todas las libertades y derechos; en otras palabras facilitadora de lo que el mundo civilizado conoce como democracia. El liberalismo entonces, sería componente importante de esa democracia, en contraposición con otras ideologías que reducen esas libertades y derechos y ya no caben en el concierto de estados modernos.
Resulta incoherente y un contrasentido, que líderes que pretenden ostentar los principios de la ideología liberal, aboguen por la continuidad en el poder, sea éste Ejecutivo o Legislativo, de una misma persona, contrariando los propios estatutos de ese partido y su ideario, constituyendo esta anomalía, una doble contradicción y anacronismo aberrante. No obstante, no debería sorprendernos tanto este fenómeno, toda vez que en el siglo pasado, hubo representantes del liberalismo criollo, que llenaron grandes espacios de ese siglo con férreas dictaduras, contrariando la doctrina que pretendían promulgar.
La insistencia de los operadores políticos del Partido Liberal Constitucionalista, de favorecer y mantener contra viento y marea, a una misma persona a la cabeza de cualquier poder del Estado, sin alternabilidad, como es el caso del doctor Arnoldo Alemán, y sus abiertas pretensiones de lanzarse como candidato presidencial en las próximas elecciones de 2006, más la inaudita inhibición para ejercer cargos en el partido, a verdaderos líderes, como el ingeniero Jaime Cuadra, el doctor López Baldizón y otros valientes diputados, que están luchando con el aval de todo un pueblo por desmantelar este ensayo de dictadura, nos debe mover a una seria reflexión.
La actitud antipatriótica que ha adoptado la bancada liberal en el Congreso, constituye prueba inequívoca de que hemos degradado la política de su pureza platónica a un quehacer prebendario, ausente de doctrina y dominado por intereses ajenos al fortalecimiento institucional.
No nos lamentemos después de las consecuencias graves que traerá esta regresión y subdesarrollo político-social, si los dejamos progresar. La hecatombe y el caos social que nos sacudió y sacude todavía, no deben repetirse. El liberalismo como doctrina, no puede, ni debe ser fermento ni trinchera de dictadura alguna. Nicaragua merece la paz social y un desarrollo genuinamente sostenible.
El autor es lingüísta.