Roberto Morales Muñoz*
Se constituyen bloques integrados de países
cuando éstos aspiran a lograr un mejor posicionamiento internacional así como mayores niveles de crecimiento y desarrollo, y consideran que ésa es la opción más adecuada.
Al no existir fórmulas de validez universal para los procesos de integración regional, cada esquema busca su manera de incorporar y dar respuesta a los requerimientos y expectativas que provienen de la sociedad, teniendo en cuenta que si bien los manuales y la teoría pueden sugerir cierta lógica en el tratamiento, la experiencia práctica tiende a desbordar cualquier parámetro. Por ejemplo, el TLCAN o NAFTA no pretendía un nivel de interdependencia e involucramiento mayor al de una zona de libre comercio; sin embargo, puso de manifiesto un impacto social de consideración. En Canadá, los efectos no fueron solamente comerciales sino que influyó sobremanera en el federalismo, la política multicultural, el régimen de seguridad social, etc.
En ese sentido, el impacto social y económico que puede tener cualquier proceso de integración sólo puede ser valorado adecuadamente al tenerse en cuenta el entramado de interrelaciones en que confluyen lo nacional, lo regional y lo global, tanto en sus aspectos comerciales, políticos y socio-culturales.
La actual relación comercial de Nicaragua y Estados Unidos puede mejorar al concretarse un Tratado de Libre Comercio. No obstante, el tema se vuelve delicado y se debe tomar con pinzas al verificar algunas. Por ejemplo, de enero a agosto del 2001 exportamos a Estados Unidos 75 millones de dólares (21.1% de las exportaciones totales del país), importamos de Estados Unidos, en ese período, 137.9 millones de dólares (15.3%), según cifras del MIFIC, esto significa que estamos con un déficit comercial de 62.9 millones de dólares. De nada nos servirá incrementar las exportaciones hacia Estados Unidos cuando las importaciones también aumentarán, incrementando aún más la brecha y dificultando, cada vez, superar y/o equilibrar la balanza comercial.
No se pretende plantear un argumento en contra del Tratado de Libre Comercio, se intenta, todo lo contrario, llamar a la conciencia y al criterio de las altas autoridades para que tengan un especial cuidado a la hora de negociar el acuerdo. La negociación debe ser muy exhaustiva y contar con los mejores expertos de nuestro país para obtener el mayor beneficio, en vez de ser nosotros quienes aportemos el máximo beneficio a otros. Una buena negociación es cuando todos ganan y nadie pierde, pero Nicaragua tiene mucho que perder si no actúa con suma cautela.
Nicaragua debe definir claramente cuáles son los productos más competitivos y aquéllos que deben ser privilegiados bajo el amparo del acuerdo. No se puede dejar al libre albedrío nuestra oferta exportadora, así como la negociación del listado de productos, a las exigencias y necesidades del mercado estadounidense, debemos prepararnos y privilegiar aquellos productos y sectores de nuestra producción e industria que lo ameriten. Sería ingenuo pensar que con este acuerdo todos los productos nicaragüenses se beneficiarán, por la simple condición de haber mercado. Son muchos los mercados existentes y no por ello exportamos, los aprovechamos o se equilibra automáticamente nuestra balanza comercial.
Por otra parte, es necesario resaltar que, para la firma del TLC y cualquier otro tratado de libre comercio hace falta la realización de cambios sustantivos dentro del actual esquema productivo y exportador. Los sectores público y privado deben hacer su mejor esfuerzo por reformar y redefinir la actual oferta exportable, haciéndola más atractiva y diversificada.
El incremento de la producción solamente será posible mediante la implementación y uso de nuevas tecnologías que podremos adquirir al replantear nuestros esquemas de integración mediante la firma de tratados de libre comercio y asociación en bloque, no solamente con Estados Unidos, sino también con otros esquemas de integración regional. Nicaragua debe mirar hacia el futuro y buscar nuevos mercados, por muy pequeños que sean con el propósito de equilibrar nuestra balanza comercial o reducir inexorablemente nuestro déficit comercial.
Por otro lado, se habla del beneficio que obtendría Estados Unidos con un TLC con Centroamérica. Específicamente, sobre la reducción en la migración de centroamericanos hacia ese país. Lamentablemente, las decisiones migratorias individuales dependen exclusivamente de la realidad económica de cada persona y no dependen del estado ni mucho menos de sus políticas migratorias. Los centroamericanos que migran, casi el 90% por decir lo menos, lo hacen de manera ilegal, ¿cómo controlar esta situación?, ¿nos impondrán restricciones y sanciones al mero estilo comunista?, no lo creo. Si revisamos la experiencia mexicana, ésta afirma que no se ha logrado reducir la migración de mexicanos a EE.UU., ni mucho menos frenarla.
Un vez más, se consolida el argumento que afirma que un TLC no resolverá los problemas de pobreza y desempleo, pero es un ritmo importante que marca el inicio del proceso tendiente a la búsqueda del desarrollo cuando está bien elaborado.
* Jurista en Derecho Internacional