¿Excelentísimo qué…?

Luis Sánchez [email protected]

Dicen que al presidente enrique Bolaños no le gusta que le llamen “excelentísimo”, y que además, le fastidia el escandaloso e intimidatorio aparato de seguridad que le dejó Arnoldo Alemán.

Qué bueno que don Enrique piense así y que quiera civilizar el ejercicio del cargo presidencial. Debería, entonces, reglamentar que su tratamiento oficial sea “señor presidente”, y nada más.

Se conoce que en los días fundacionales de Estados Unidos, los Padres de la Patria norteamericana discutieron qué tratamiento se debía dar al presidente George Washington. Alguien propuso que se le llamara “excelentísimo señor presidente”. —Si al rey Jorge de Inglaterra se le llamaba Excelencia siendo un truhán, con mucha mayor razón había que llamar así a un gobernante elegido por el pueblo—, explicó el proponente. Pero Washington intervino y dijo la última palabra: —El presidente es uno más entre los ciudadanos norteamericanos, y además, representante y servidor del pueblo; de manera que no es más que el señor presidente—. Y desde entonces, con ese sobrio pero digno y respetado título se le llama al gobernante estadounidense.

La verdad que eso de “excelentísimo” es un ridículo tratamiento que los sistemas políticos mediocres tomaron de las antiguas realezas. Excelentísimo deriva del latín excellentis y excelsus, que significa elevación, grandeza. Por eso fue el título que se dieron los reyes francos y lombardos, así como los monarcas alemanes del Sacro Imperio Románico Germánico, hasta Enrique VII (1275-1313). Después se lo adjudicaron los príncipes, nobles y caudillos militares europeos, y en el sur de Italia se le daba a los extranjeros distinguidos, sobre todo a diplomáticos. En España, durante la república se le llamó así al presidente, que heredó de la derrocada realeza algunas de sus estúpidas vanidades.

Decía Aristóteles que hasta en el cerebro del hombre más sabio hay un rincón de insensatez. Al respecto, la periodista y escritora española Rosa Montero dice que “los humanos tendemos a estupidizarnos en la vanidad, que es el desmesurado entendimiento de la propia honrilla”. Y agrega que “no hay ninguna persona que sea totalmente inmune a ella. Hay gente más autocrítica y gente más narcisista, pero a todos se nos reblandece la sesera cuando nos alaban. En cada quien hay una agradable y sospechosa tendencia a juzgar más inteligentes a aquellas personas que nos elogian. Somos poquita cosa, pero llena de ínfulas”.

Por su parte, el filósofo alemán Jorge Federico Hegel (1770-1831) hizo ver que el deseo de ser reconocido es uno de los impulsos fundamentales del ser humano. Pero advirtió que este impulso, sano y natural en principio, se transforma en algo malsano y artificial cuando no se le controla. Y esto es lo que ocurre a los políticos gobernantes, que en general son más vanidosos que las demás personas y se rodean de aduladores que los hacen sentirse “excelentísimos”. Por ejemplo, el llamado “Rey Sol” de Francia, Luis XIV, no inventó él mismo ese estrafalario título, sino uno de sus bufones, pero al ensoberbecido monarca le gustó e hizo que la aristocracia así lo llamara.

Así que ya lo sabe, don Enrique: Si es cierto que no le gustan esos tratamientos ridículos hágalo saber públicamente, y cuídese de los bufones que merodean alrededor del poder y tratan de inflamar el ego del gobernante para sacar ellos su propio provecho.  

Editorial
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