Federico Dueñ[email protected]
Si una persona ofende de manera injusta a un prójimo y, cae en la cuenta de que ofendió sin razón, por ira, mala educación, o descortesía; y sinceramente arrepentido de sus actos, decide, para sanear su conciencia y mantener una relación social armónica, ir con la persona ofendida para disculparse, caso hace lo correcto. Pedir disculpa implica no sólo el reconocimiento de la falta, sino, lo que es más importante, el propósito, la decisión de no incurrir a futuro en ella. ¿No es así? Al menos, es lo que nos enseñaron en casa y la escuela, desde pequeños.
Si la persona ofendida acepta o no las disculpas, depende de la credibilidad que le merezca el ofensor, así como de la magnitud de la ofensa. La capacidad y disposición de perdón para el que se dice cristiano debería ser de “setenta veces siete”. Se puede perdonar, lo que no necesariamente implica olvidar.
Pero, si el ofensor incurre nuevamente en amenazas e insultos, después de haber pedido disculpas, estamos hablando de un cínico reincidente que no sólo ofende sino que se burla del ofendido, quien le ha perdonado la primera ofensa, y, tal vez la segunda. Pero, a la tercera, aunque se perdonen nuevamente ya el ofendido no creerá en la buena voluntad del ofensor y… con toda razón. “El que con leche se quema, hasta la cuajada sopla”.
Lo anterior viene al caso a raíz de las “increíbles” (¿cínicas?) disculpas que pidió el Honorable Diputado Parlamentario Arnoldo Alemán en su último discurso como presidente de la República, a los maltratados medios de información que cubren la fuente de la presidencia. Durante su trágico mandato fueron más de “siete veces” en que ofendió a más de “siete” periodistas, sus cebados guardaespaldas empujaron y golpearon al personal de prensa en más de “siete” ocasiones. Alemán no sólo “siete” veces se burló y menospreció a hombres y mujeres que, obligados por su trabajo, reporteaban su pública trayectoria presidencial, profesionistas que tenían la obligación de informar a la ciudadanía ampliamente sobre la ejecución del Ejecutivo electo por el voto ciudadano. Alemán despotricó, golpeó (Eloísa Ibarra), hostigó y amenazó permanentemente, no sólo a los hombres de prensa, arbitrario quitó publicidad del Estado a medios “enemigos”, amenazó y tiene amenazados a los dueños de televisoras (“Octavio y la Marta”, textual) y radiodifusoras que informan notas de su desagrado, de quitarles las concesiones adjudicadas. Alemán intentó contraponer a los dueños de medios con los periodistas empleados promoviendo una absurda ley de profesionalización periodística, infame, infantil, , que sólo causó hilaridad y sonoras carcajadas a los mismos supuestos beneficiados. Pretendió limitar la libre expresión con leyes absurdas que no prosperaron y sólo quemaron más (¿más todavía…?) al obediente de “Elifeo” Núñez.
En lo personal, acepto las disculpas de Alemán, pero en el fondo (y la superficie) de mi corazón, no creo que sea sincero pues pienso que, en cualquier momento, incurrirá en sus crasos errores, insultos, amenazas y ofensas contra los medios de difusión, ahora que está en la presidencia de la Asamblea Nacional. Así como tampoco puedo creer en las candorosas cifras que presentó por ley sobre su cuantioso capital real, las que ahora tienen que ser cautelosamente revisadas y debidamente publicadas, para satisfacción de la iracunda ciudadanía.
El autor es empresario.