¡A sonar las pailas!

Jorge Salaverry [email protected]

En mi artículo, “las pretensiones de alemán”, publicado 8 días después de las elecciones del 4 de noviembre, escribí: “La votación… no fue sólo para decirle sí a Enrique Bolaños y no a Daniel Ortega, sino también para, implícitamente, decirle un basta ya a Alemán”. El mensaje de la ciudadanía, sin embargo, ha sido desoído por el titular del Ejecutivo que, codiciosa y obstinadamente, insiste en aferrarse al poder pretendiendo hacerse nombrar presidente de la Asamblea Nacional, aunque para lograrlo tenga que recurrir a sucias maniobras politiqueras que humillan la dignidad de los diputados liberales, y, sobre todo, de la Asamblea Nacional. Veamos.

El reglamento del Parlamento establece que el 9 de enero debe elegirse la junta directiva de esa institución por el término de un año. Arnoldo Alemán, en consecuencia, no podría ser elegido a ningún cargo en esa directiva porque en esa fecha será todavía Presidente de la República. La Ley, la lógica, y la más mínima decencia señalan que cualquier persona en ese caso debería posponer sus pretensiones hasta el siguiente año cuando menos. Cualquier persona sí, claro está, pero no Alemán, que se cree indispensable y ungido por derecho divino para regir indefinidamente los destinos de la nación. ¿Entonces? Muy fácil. Cree que le basta con reunir a “sus” diputados e instruirlos para que el 9 de enero reelijan como presidente del cuerpo legislativo a Oscar Moncada, para que éste, cuando Alemán se lo ordene unos días después —¡qué vergüenza, don Oscar!— le ceda el puesto.

Bueno, pero aparte de esa baja y burda triquiñuela, ¿existen algunas razones de fondo para que Alemán no sea presidente de la Asamblea Nacional? Seguro que sí. En primer lugar, porque si llegara a figurar como tal, estaría impidiendo la tan necesaria renovación de la imagen del país, que él y algunos de sus más cercanos colaboradores han ensuciado sistemáticamente en los últimos cinco años. Y aquí estoy hablando de algo muy serio que tiene consecuencias concretas para la ciudadanía —y de la más pobre sobre todo—, porque la imagen del país está íntimamente ligada a la posibilidad de atraer inversiones que se necesitan para crear empleos. Una mala imagen las ahuyenta. Una buena las atrae. Y en segundo lugar, porque su nombramiento no contribuiría a la erradicación del viejo vicio somocista y sandinista de la indispensabilidad personal. Nicaragua ha sufrido mucho por la pretensión de megalómanos sedientos de poder que creen que sin su presencia en el gobierno el país se hunde.

Pero, ¿es acaso cierto que se necesita que Arnoldo Alemán sea presidente de la Asamblea Nacional para que el liberalismo se mantenga como la fuerza predominante en esa institución? No lo creo, ya que eso sería reconocer que los diputados electos por el Partido Liberal Constitucionalista son todos una bola de incompetentes e incapaces, y, sinceramente, no creo que sea así. Entre ellos hay gente buena, honrada y capaz que harían una gran labor desde la presidencia del Parlamento, y que le darían lustre y prestigio al PLC. Don Jaime Cuadra Somarriba, sin duda alguna, es uno de ellos. Y que no venga el señor Alemán a cuestionar el liberalismo de don Jaime Cuadra o de cualquier otro diputado liberal que “osara” disputarle el puesto. Que se acuerde que él entró a la Asamblea Nacional en los brazos de Daniel Ortega y de la bancada sandinista.

Alemán llegará a ser presidente de la Asamblea legislativa sólo si la mayoría de los nuevos diputados liberales opta por satisfacer las ambiciones de Alemán, y si cuenta, además, con la cooperación abierta o solapada del Frente Sandinista. Repetiré algo que escribí el 12 de noviembre: “Me queda entonces aún la leve y probablemente muy infundada esperanza de que haya un gesto de dignidad en la bancada liberal que tomará posesión en enero del 2002, para que en beneficio del proceso democrático del país no se escoja al señor Alemán como presidente de ese ente estatal. ¿O será acaso necesario que el pueblo se manifieste cívicamente para expresar su rechazo a las pretensiones de Alemán?”

De momento, la ambición y la lujuria de poder han mantenido cerrados los oídos del señor Alemán a las demandas de una población que le gustaría verlo alejado de la función pública. Pero quizás el ruido de miles de pailas y porras sonadas por los ciudadanos podrían abrírselos. Es el bienestar del país el que está en juego. ¿No cree usted que vale la pena intentarlo?

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA

y catedrático de la Universidad Thomas More.

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