“Plan cero” para niños de la calle

Eduardo Enríquezeduardo.enrí[email protected]

Dicen que a todo se acostumbra uno en la vida, pero hay algo a lo que estoy seguro nunca me voy a acostumbrar, y es a esa imagen de niños que caminan descalzos sobre el candente asfalto en los semáforos de Managua. Si ese asfalto caliente es capaz de atravesar las suelas de los zapatos, ¿qué no hará con las plantas de los pies de esos pequeños?

¿Podemos siquiera imaginar el cansancio, el agotamiento, la extenuación que sentirán estas criaturas después de un día entero bajo el sol, mal comidos y sedientos?

A los conductores nos ponen en un terrible dilema. Según nos dicen, si sucumbimos a esas caritas aplastadas en la ventana del vehículo que prácticamente imploran por un córdoba, no les estamos haciendo ningún bien. Más bien les estamos haciendo daño. Pero, ¿qué bien les hacemos con no darles ese córdoba?

Un dilema que no se puede resolver en los segundos que dura una luz roja, así que nos quedamos viendo directamente al frente, tratando de no escuchar los golpecitos en la ventana. Cuando finalmente se ilumina el foco verde, ponemos el pie en el acelerador y el dilema desaparece… hasta el siguiente semáforo. O por lo menos eso creemos, la verdad es que esa situación es permanente y tiene un efecto mucho más profundo y negativo que el hacernos sentir mal por unos segundos.

Ese niño de siete u ocho años, que se ve obligado a cargar a otro de uno o dos años, durante horas, para así tratar de llegar más “eficientemente” al corazón de los conductores en el semáforo, a duras penas está comenzando un tortuoso camino que lo llevará, en muchos casos, a inhalar pega, a robar, prostituirse, a convertirse en pandillero y delincuente, y a llevar, sea niño o niña, una vida de abusos, violencia, autodestrucción y muerte. El niño de hoy en el semáforo es potencialmente el delincuente de mañana. Lo estamos viendo en los casos de las niñas-prostitutas que LA PRENSA ha reportado en todo el país.

No voy aquí a enumerar las consecuencias de esa situación, sólo basta observar los ejemplos de Colombia, Brasil, Venezuela e incluso El Salvador, para ver cómo una niñez abandonada se convierte en una generación de delincuentes que son el azote de esas sociedades, y en una inagotable cantera de “recurso humano” de donde el crimen organizado saca sus más destacados “cuadros”.

Aunque en Nicaragua los niños de los semáforos son sólo la punta del iceberg de ese problema de la niñez abandonada, la situación es manejable si se enfrenta con seriedad y de verdad se plantea como meta erradicar el problema.

El próximo gobierno tiene planteada una infinidad de retos, es cierto, pero entre sus prioridades debe diseñar una especie de “Plan Cero” para los niños de la calle. Sería cuestión de destinar recursos y planificación para, en cinco años, bajar a cero la presencia de los niños de la calle en Nicaragua.

Pero también hay que ver cómo se va a erradicar. Por ejemplo, a principios de este gobierno, la entonces Primera Dama, María Dolores Alemán Cardenal, encabezó una campaña en pro de los niños de la calle, sin embargo, uno de los mensajes más fuertes fue pedirle a los conductores que no les dieran dinero, porque de esa manera los padres —que los obligaban a pedir— llegarían a la conclusión que no es “negocio” mandar a los chavalos al semáforo.

Pero eso sólo resuelve la mitad del problema. Si no se les da dinero, ¿de qué van a comer? Es el mismo caso del trabajo infantil. La política es castigar al empresario que contrate a un menor, pero es que esos niños no trabajan por gusto, trabajan por hambre, y si se les cortan esos recursos se les deja colgados de la brocha, y ellos, los supuestos beneficiados y protegidos, quedan peor.

Sin embargo, si el Ministerio de la Familia sigue siendo la Cenicienta del Presupuesto de la República, difícilmente podrá hacer efectivo cualquier plan. Ese Ministerio recibió unos 13 millones de dólares para el presupuesto del 2000. Igual cantidad para el 2001.

Van a decir que la tengo contra las universidades, pero ahí, donde está más que comprobado que llega sólo una élite y una cantidad ínfima de jóvenes sin recursos, se recibirá este año casi cuatro veces más.

A partir de este 10 de enero, don Enrique y su gente deben tomar muy en serio la posibilidad de elaborar un “Plan Cero” que, en cinco años, elimine el problema de la niñez abandonada en este país. Se puede hacer. Y si no saben cómo, pregúntenle a la gente de las Aldeas S.O.S., que constituyen uno de los ejemplos más extraordinarios de cómo se manejan proyectos en beneficio de la niñez. Ojalá esos proyectos se pudieran multiplicar por 10, 20 o más estos próximos cinco años.  

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