Roberto Amador Narváez [email protected]
La aviación norteamericana decidió la guerra en Afganistán, en favor de la democracia y en contra del terrorismo. Qué lástima que los contras no tuvimos siquiera un B-52 a nuestro lado cuando desigualmente nos enfrentamos al sandinismo y a sus aliados comunistas. Otro gallo le hubiera cantado a Nicaragua.
Pero así fue escrita la historia. Campesinos, mujeres y hasta adolescentes tomaron las armas contra el totalitarismo, el pueblo se unió y derrotó parcialmente al sandinismo. Aviadores que todavía yacen en las montañas nicaragüenses en viejos aviones C-47 de la Segunda Guerra Mundial, volaban sobre las montañas agrestes de Nicaragua, llevando las vituallas que los paladines de la libertad necesitaban para seguir su lucha contra el gigante soviético que quería expandir su poderío por Centroamérica.
Gigantescas fortalezas voladoras —los Mi-25— arrasaban los caseríos campesinos, pero con los certeros Red-Eye, aquellos sufrieron los mayores reveses de la guerra. Y al fin, el que decía que primero se caerían las estrellas del firmamento que hablar con los contras, se sentó en Sapoá, y lo demás es cosa sabida.
El pueblo votó y no se equivocó. Tres veces ha dado un no rotundo al señor Ortega, y la tercera es la vencida, ¿o no? La historia algún día recordará los hechos como fueron. Nos queda a los contras la paz de haber cumplido con la patria, y como un monumento están los viejos aviones que volaron y cayeron en las montañas, donde aún yacen ignorados sus pilotos nicaragüenses, hombres de verdad, patriotas insignes.
Presidente del PRN en Miami, FL, USA