- Aunque ya pasó la Nochebuena, hay alguien que se te olvidó, querido Niño Dios. Ella es Santos Erlinda Cruz Lira, quien postrada en cama desespera, pero está a la espera de ese regalito especial que sustituirá sus piernas para poder trasladarse a su comunidad La Pava, en Pueblo Nuevo, donde la aguarda su pequeño hijo Edwing Eliud
Adolfo Olivas OlivasCORRESPONSAL/ESTELÍ[email protected]
Las manos de Santos Erlinda Cruz Lira comenzaron a temblar cuando observó la cámara fotográfica y la grabadora del periodista. “No soy alguien tan especial, sólo que usted me llamó la atención porque no tiene piernas, únicamente la mitad de su cuerpo”, le dije.
Santos Erlinda, de 25 años, estaba inmóvil en su cama en la Sala General del Hospital San Juan de Dios de Estelí, y con un hablar pausado al estilo norteño me preguntó: “¿Por qué ha de visitarme usted, amigo periodista?”
Un poco cabizbajo y observando boquiabierto a aquella mujer con sus piernas amputadas, le expresé: “No tengo nada qué ofrecerle, pero usted me asombró, porque también sonríe a pesar de su estado físico”.
Estábamos a escasas horas de la celebración de la Navidad, el aire se puso frío por una llovizna que caía sobre la ciudad, y entonces aproveché para sentarme en su cama y establecer una larga conversación con la joven.
¿De dónde es originaria?
“Yo soy originaria de la comunidad La Pava, en el municipio de Pueblo Nuevo”.
¿Qué motivo la trajo al Hospital San Juan de Dios?
“Es que yo padezco de azúcar en la sangre (diabetes) y me hospitalizaron”.
¿Le amputaron sus piernas?
“Solamente una…”.
Pero… ¿y la otra pierna?
“Bueno, es que esta vez me amputaron la pierna izquierda y hace cuatro años me cortaron la derecha”.
¿Qué tiene su ojo izquierdo?
“Por la misma enfermedad, lo perdí”.
Usted está muy joven…
“Sí, pero esta enfermedad ataca parejo; imagínese, apenas tengo 25 años”.
¿Tiene hijos?
“Tengo un niño de cinco años, se llama Edwing Eliud, y es muy bonito, chelito, ojos verdes y pelo amarillo. Lo quiero mucho, me da lástima porque no pasaré con él en esta Navidad”.
¿Cuándo sale del hospital?
“Yo debería estar en mi comunidad, porque ya me dieron de alta, pero no me he ido por falta de una silla de ruedas”.
¿Por una silla de ruedas?
“Sí, por una silla de ruedas; soy una mujer pobre y no puedo comprarla”.
¿Qué le pediría al Niño Dios?
“Pues eso, una silla de ruedas”.
¿Solamente eso le pide?
“Sí, solamente eso, porque con una silla de ruedas podré regresar al lado de mi hijo y salir de aquí, del hospital”.
SU COMPAÑERO, TAMBIÉN DIABÉTICO
De pronto irrumpió en la habitación Luis Jarquín Rugama, de 46 años, y colocó su brazo alrededor de los hombros de la mujer mientras se cruzaban las miradas frente al entrevistador.
“Señor periodista, él es mi compañero de vida, el papá de mi hijo” (aclaró la muchacha).
¿Don Luis, y usted la quiere?
“Claro que la quiero, estaré con ella hasta el último momento”.
¿Quién hace el trabajo del hogar?
“Lo hace Luis, es un gran hombre”.
¿Cómo se conocieron?
“Nos conocimos en el Club de Diabéticos de Estelí. Es que yo también soy diabético, puede mirar que ya perdí algunos dedos de mi mano”, explicó Jarquín Rugama.
Al parar la llovizna, don Luis tomó en sus manos a la muchacha y la colocó en una silla de ruedas en mal estado propiedad del hospital, y la condujo al corredor para que recibiera los rayos del sol que despedían el atardecer del 24 de diciembre.