Ajetreo completo en el patio de la casa de doña María Nieves.

La fiesta de doña María Nieves

La gente humilde también sabe “lanzar la casa por la ventana” cuando conmemora las cosas en las que cree. La familia Mercado Moya no se queda atrás, y sus celebraciones reúnen a una enorme cantidad de familiares y amigos, a quienes se les reparte comida y bebida en abundancia Mario Fulvio Espinosa/Colaborador [email protected] La casita […]

  • La gente humilde también sabe “lanzar la casa por la ventana” cuando conmemora las cosas en las que cree. La familia Mercado Moya no se queda atrás, y sus celebraciones reúnen a una enorme cantidad de familiares y amigos, a quienes se les reparte comida y bebida en abundancia

Mario Fulvio Espinosa/Colaborador [email protected]

La casita de doña María Nieves queda en el fondo de una cañada que recibe el nombre de La Sabanita. Está en la jurisdicción de San Juan de la Concha, y para llegar sólo basta tomar el viejo camino a El Arenal, y al salir, sólo descender por un barranco de aproximadamente cien metros de profundidad.

Por ahí bajaron el pasado ocho de diciembre unas doscientas personas de los alrededores para cantar junto con ella y su numerosa familia la Purísima, y, además, acompañarla en la Primera Comunión de dos de sus cuarenta nietos, María Urielka y Eleazar.

Es que María Nieves Mercado Moya, de 74 años, viuda y nacida en El Arenal, es la reina de sus diez hijos, del número de nietos arriba mencionado, de 21 biznietos y de dos tataranietos. Además, es la que anima los rezos y las principales celebraciones de los vecinos del caserío.

La cocina está separada seis metros de la casa, y a las diez de la mañana mujeres y hombres de la familia se mueven animosos preparando los chicharrones, el frito, la masa de cazuela, las tortillas y los paquetes repletos de golosinas que repartirán.

Allá en la parte baja del patio, don Concepción, con un enorme cucharón, menea el contenido de un enorme caldero, mientras la Matty, Fátima y doña Epifania recortan sobre una gran mesa las lonjas de carne de cerdo cocinado que ya van poniendo en platillos de barro.

María Nieves va diligente de un lado a otro, aconseja, dirige, prueba y “da el punto”, y en ese ajetreo —ya un tanto cansada— viene a sentarse a nuestro lado.

TRES HERMANOS Y ALGUNOS «MAL LOGROS»

A ver doña María, platiquemos. ¿Quiénes eran sus padres y de dónde viene usted?

Soy de El Arenal, mi padre era Celestino Moya y mi mamá Julia Mercado, que ya eran de ahí. Ellos tuvieron poquitos hijos porque dice que hubieron unos “mal logros”, y eso no se mete en cuenta. Yo no, pues, porque estaba pequeñita, lo que sí que fuimos tres hermanos: Nemesio Darío, María Demetria y yo.

Aquel tiempo pasado era sufrido, hasta yo sufrí mi vida. Mi papá fue pobrecito, porque era moto, y sus cuñados le tenían como envidia, pues al casarse se fueron, y mi padre quedó de sostén de su suegro y de su suegra, a los que mantenía haciendo dulce de rapadura y horneando cosa de horno que mi mama iba a vender.

¿Queda lejos de aquí El Arenal?

No, está cerca… Como a… Ve Juan, ¿a cuánto queda de aquí El Arenal? (pregunta a su hijo). “A cinco kilómetros”, contesta aquél.

“MOTA” A LOS 13 AÑOS

¿Qué jugaba cuando era niña?

¡Qué voy a jugar si quedé mota de trece años! Allí no había agua y ya al llegar enero había una gran “escasitud” de agua, íbamos hasta la playa a traer agua, había que trepar unas grandes peñas, yo prestaba un cantarito pequeño porque no me sentía en valor de traer un cántaro grande que usaba mi hermano. ¡Qué va! Ahora les digo yo (a sus hijos y nietos): Vayan a traer agua a la pila que está ahí por la cocina, y por haraganería no quieren. Me da cólera a mí… ¡Muchacha, corré a esa chancha que ya te va a comer la comida! (Grita a su sobrina)…

Dicen que porque uno es vieja sólo pasa regañando, pero no es eso, sino que uno se acuerda de su tiempo pasado, cuando con un palito apeábamos jocotes y oscuro había que cocer aquel jocote, y me ponía un canasto de tres medios en la cabeza y así caminaba hasta Masaya a venderlos… Y como a esta hora veníamos de vuelta pensando en la gran quemada que nos íbamos a dar porque no teníamos caites, ni siquiera chinelas. Pero la finquita era propia, que mi tatita, él la compró, era hasta que se puso ciego de hornear y también porque iba a la playa… le vino como un resfrío… dijeron que era un “malhecho”.

¿Cómo se llamaban sus abuelos?

A mi abuelito sí lo conocí, se llamaba Juan Mercado González, pero por legítimo era Juan Mercado, a mi abuelita ya no la conocí, dicen que era una Valentina, y eran de ahí mismo, de El Arenal. Dicen que los dos hacían petates y que se enojaban cuando se les enredaba la hebra. Fueron pobrecitos, pero la parcelita estaba cundida de guineos cuadrados… Y ahí iban a vender sus cargas a Masatepe, y entonces, pues, había de todo en aquel tiempo, quizás porque no había tanta gente, y ahora abunda la gente pero falta la comida.

Recuerdo que mi tatita venía a trabajar por estos filetes, hacía una bota, nada más que le gustaba monte grueso. Sembraba su maicito… Así de grandotas eran las mazorcas (extiende sus manos para indicar el tamaño)… Y me decía con una mi tía: “Vayan a correr los chocoyos”, y si no iba me regañaba mi mamá. Mi mamá murió en 1941, mi papá tiene doce años de muerto.

Fíjese que mi papá fue sufrido con nosotros. Así de viejito cogía ese camino para Managua, y si no encontraba para el petate compraba una tripa de tule para hacer colchones… así traía la comida.

¿Que qué jugábamos?.. Con lodo hacíamos panecillos, cuajadas y nacatamales… De ahí ya nos peleábamos y cada chavalo cogía por su lado.

LLEGAN LOS FESTEJADOS Y COMIENZA EL REZO

Se interrumpe el diálogo porque los niños comulgantes han llegado y con ellos los invitados a la misa que se celebró en la Iglesia de San Juan de la Concha. Van acudiendo en grupos y se acomodan en el corredor de la casita, son como doscientos a los que hay que dar el “brindis de la Conchita”. Las mujeres de la familia se multiplican en los quehaceres, unas reparten la comida que va en medianas cazuelas, otras distribuyen el ‘ciliano’ y los paquetes de dulces, mientras transcurren los Rezos de la Purísima en medio del estallido de cohetes y morteros.

UN AÑO DE AHORROS Y DE CUIDOS DEL CERDO

Doña María Nieves está feliz. Aquí culmina toda una época de ahorros y la crianza mimada de un año del cerdo que fue sacrificado para el festejo. Los devotos comentan el buen sabor del asado, de los chicharrones y, en fin, del indio viejo que han degustado.

Vuelve con cara de felicidad hacia nosotros.

¿Qué otros recuerdos de su niñez tiene?.. ¿Qué recuerda de El Arenal? Le preguntamos.

El Arenal era unas pocas casitas. Del vecindario recuerdo a un tal Cándido Guevara, era un viejito, yo estaba chiquita y no sé ni cómo lo recuerdo. Me acuerdo como en un sueño que yo iba bajando por esas peñas y mi madre jalando un su caballito y chineando a un hermanito. Y unos mozos estaban ahí quebrando la peña para hacer una carretera.

Nunca fui a la escuela con esa pobreza. Mi papá trataba de enseñarme y me coscorroneaba porque su genio era muy recto. Así medio apenas conozco las letras.

¿Y cómo llega María Nieves a enamorarse?

Pues me empezó a decir las cosas y… Se llamaba Lucas, ya murió. Me llevaba atados de dulce porque era campesino que tenía su cañal. El atado de dulce valía dos centavos y yo los vendía para ayudarme.

Pero, ¿cómo la enamoró?

Ya no me acuerdo.

Pero, ¿era amoroso?

Ja, ja, ja… Era apaciguado. Él se picaba pero nunca me faltaba al respeto. Yo no sé qué pasó ahí, será ignorancia, será cariño de que uno se va a querer, pero él por fin me convenció y me casé.

Tuvimos diez hijos, Natividad, Juan, María Inés, Manuel, Lucía, Digna, Leticia, Felicitas, Juan Félix que se va a recibir de abogado, y Rafaela.

Ahora me pongo a pensar yo misma cómo pudimos crear a tantos hijos, pero Dios nos ayudó y hay pasamos, todos me salieron buenos y ya tenemos otra vida. Que ellos casi no conocieron penurias como las que viví yo.

Pero a mí me han contado que usted es muy parrandera.

(Se ríe abiertamente). Eso es mentira, ni bailo. Pero mis hijos me llevan a sus fiestas y yo estoy bien dondequiera con el cariño de mis hijos.

Los rezos han terminado, las rezadoras y los devotos se van despidiendo y sólo quedan algunos hombres que parece que quieren llegar hasta el tiempo de “voltear las cazuelas” mientras ingieren licor en la mesa mayor.

ALEGRIA EN EL AJETREO

La alegría que se respira en la fiesta no es menor a la que ocurre en los preparativos de la misma.

Bajar hasta La Sabanita es dificultoso, pero ningún obstáculo detuvo a los niños, adultos y ancianos que acudieron a la fiesta de doña María Nieves.

Después del ajetreo la familia queda exhausta, pero respira dicha cuando alguien dice: “Estuvo alegre la Purísima”.

«REZADORA» NOTABLE

También doña María Nieves fue la “rezadora” oficial de La Sabanita durante una gran parte de su vida. Estaba presente en todos los eventos de difuntos y en las novenas y trisagios en honor a cualquier santo. Ahora ya descansa un poco de ese oficio.  

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