Michael Jordan, la noche de su debut en el Madison Squere Garden ante los Knicks.

Dioses de ida y vuelta

Maradona y Jordan provocaron impactos Jose Antonio Garrido La divinización, un fenómeno esencialmente periodístico, irrumpió en el último tramo de un año deportivo en general anodino con los máximos protagonistas de la década anterior, Michael Jordan y Diego Maradona, dioses ya entonces en cuyo regreso subyacen elevadas dosis de vanidad. Un escenario emblemático, una multitud […]

  • Maradona y Jordan provocaron impactos

Jose Antonio Garrido

La divinización, un fenómeno esencialmente periodístico, irrumpió en el último tramo de un año deportivo en general anodino con los máximos protagonistas de la década anterior, Michael Jordan y Diego Maradona, dioses ya entonces en cuyo regreso subyacen elevadas dosis de vanidad.

Un escenario emblemático, una multitud de fieles a la causa y cierta liturgia son los elementos básicos para el acto divinizador, generado y amplificado por la maquinaria mediática. Los procesos coincidieron con un año poco expresivo y se impregnaron inevitablemente de connotaciones milenaristas: los dioses vuelven cuando deben hacerlo. Eso fue lo que sucedió con Jordan y Maradona.

Jordan anunció dos semanas después del 11 de septiembre su vuelta al baloncesto después de tres años retirado. El azar eligió por él el teatro de la reaparición. El Madison Square Garden, el lugar más simbólico posible, unos centenares de metros al norte del centro del desastre, acogió el 30 de octubre la obra. Ese día, en Nueva York nada existió salvo Jordan y la “zona cero”.

Las razones de su regreso son un misterio. El tedio, una adicción irresistible al baloncesto o más probablemente un violento episodio de egocentrismo. En el nuevo universo de la NBA, con el binomio O’Neal-Bryant sin amenazas serias en perspectiva, su vuelta fue recibida con algunas reservas, pero sobre todo con expectación mesiánica.

En el viejo pabellón de Manhattan, en un ambiente de la máxima exaltación patriótica y psicológicamente perfecto para aclamar al dios, Jordan jugó algo más de media hora y sus números fueron modestos. El 23, pero de los Wizards, de azul y con un aspecto menos atlético que en su apogeo, congregó a una multitud que ni de lejos hubiera acudido al Madison de no haber figurado en la cartelera.

Dos meses después del ritual neoyorquino, ya sobre la Tierra, Michael Jordan prosigue su nueva divinización llenando cada noche que juega el templo en el que se representa su función. Los 25 puntos que promedia son lo de menos. Su equipo está plagado de actores humanos, es demasiado terrenal.

El proceso de Maradona, efímero, tuvo un carácter mucho más emotivo que el que rodeó el de Jordan. Dios caído, el argentino fue objeto de un homenaje pretendidamente mundial que acabó siendo regional con alguna incorporación europea amistosa. La escenografía no tuvo otra razón de ser que adornar el objetivo de elevarle de nuevo a los altares.

Como un sumo sacerdote, Maradona ofició el 10 de noviembre en La Bombonera una ceremonia próxima al éxtasis en la que participaron cincuenta mil feligreses para quienes que su dios se disfrace en su fiesta de cumpleaños de Osama Bin Laden o afirme que Estados Unidos creó en el conflicto de Afganistán “la coalición terrorista más grande del mundo” son, a lo sumo, deslices insignificantes.

Sólo faltó en el ritual Fidel Castro, que declinó la invitación y cuya presencia física hubiera dotado al acto de la liturgia místico-revolucionaria que Maradona seguramente habría querido.

Castro tuvo, no obstante, una participación simbólica. Su rostro está tatuado en la pierna izquierda del argentino. Con ella marcó dos goles en su homenaje.

El proceso finalizó entre lágrimas, el 10 se despidió de sus cincuenta mil compatriotas, volvió a su refugio terapéutico cubano y el universo futbolístico local dictó sentencia: no hay más dios que Maradona y la afición argentina es su profeta. Queda el talento de un futbolista de culto.

¿Y ARMSTRONG?

-Varias escalas por debajo de ambos, Lance Armstrong ocupa la cima del panteón de semidioses. Los achaques que afligen al común de los ciclistas no tienen cabida en el organismo del norteamericano, un ex paciente oncológico rehecho a golpe de vitalidad sin límites. Con todo, su transformación de buen competidor a líder abusivo sigue siendo sospechosa para quienes mantienen la acusación, sin documentarla, de que es evidente que hay algo más que las consecuencias del ‘carpe diem’ en el nuevo Armstrong.  

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí