Tito Rondón [email protected]
Más allá de diferencias culturales o raciales, la gran división en cada dugout es entre bateadores y lanzadores, escribía Buster Olney del “New York Times Magazine”, la revista dominical del prestigioso diario.
Hay grupos tradicionales; por ejemplo, todos los cristianos renacidos de un equipo se reúnen antes del partido para rezar; los latinos, unidos por su idioma, siempre andan juntos; todos los texanos de los Yanquis andan “engavillados”.
Pero estos grupos no tienen líneas divisorias tan fuertes como la que hay entre pítcheres y bateadores.
Phil Garner, ex jugador de cuadro y manager, dice que los lanzadores son “más esotéricos, más pensadores, más artísticos; ellos son escultores. Nosotros (los bateadores) somos carpinteros”.
El zurdo Tom Glavine de los Bravos de Atlanta dice que los bateadores “están intimidados por nuestra inteligencia y la perspectiva que le brindamos al juego”… pero lo dice riendo.
Esta división se manifiesta en los partidos (“nuestros lanzadores deben proteger a nuestros bateadores”; Andy Pettitte, cristiano practicante, rehusó golpear a un bateador contrario después que un yanqui recibió un bolazo y tuvo que reunirse el equipo entero a resolver el asunto) y después que los jugadores se retiran, cuando les tocaría ser coaches o managers.
Curiosamente, casi ningún pitcher se convierte en manager (recuerdo al finado Fred Hutchinson, a quien vi en el estadio observando un juego de la Liga Profesional), pero sí son muy observadores, por lo que han escrito los mejores libros sobre la vida diaria en Grandes Ligas: “La Larga Temporada”, de Jim Brosnan, y “Bola Cuatro”, de Jim Bouton.
Por su parte, los buenos bateadores tienen dificultades, se dice que no comprenden que los peloteros no puedan hacer lo que fue fácil para ellos. La lista de los grandes fracasos incluye a Rogers Hornsby y Ted Williams.
Bajo esta nueva perspectiva, un grave defecto de los sluggers es que no comprenden a los lanzadores. Por eso un número desproporcionado de managers son peloteros que fueron receptores, porque vivieron en los dos mundos.
Jeff Nelson, relevista tanto con los Yanquis como con los Marineros de Seattle, opina que Lou Piniella no sabe dirigir a los lanzadores. “Odia a los pítcheres”, dice, “y eso es fácil de comprender”.
Piniella fue un gran bateador durante 18 años (menos en Nicaragua), y no se ha podido adaptar. “No tiene paciencia”, añade Nelson. “No comprende a los lanzadores”.
“Sale al montículo y dice ‘tirá strikes’. La gran tentación que tiene uno es contestarle, ‘ah, ¿es eso lo que debemos hacer? Hombre, no se me había ocurrido. Yo creía que uno salía al box y le daba la base por bolas a toditos los bateadores’”, acota sarcásticamente.
LA PULPERÍA
Bienvenido de regreso a su patria el gran Edgard A. Castillo “KORIKO”. Ustedes saben que después de los atentados el correo de Estados Unidos está fatal; KORIKO llegó antes que su tarjeta postal…