Byron Pérez Arrechavala
Pretender solucionar, aunque sea parcialmente el problema de la basura prohibiendo la venta de agua en bolsitas, es un tremendo disparate. El problema de la basura va más allá de eso y en el fondo no es más que un problema cultural: por costumbre los nicaragüenses tiramos la basura en cualquier lugar sin percatarnos del daño que nosotros mismos nos hacemos.
Si la venta de agua en bolsitas fuera la causa del problema, lo mismo habría que pensar de todo lo que se vende en bolsas, y si la Alcaldía ahora prohíbe el agua ¿qué seguirá? ¿las fritangas? ¿las gaseosas y refrescos? ¿el pan?, etc. etc.
Por otro lado, si en el país existe libertad de comercio (y ésta es la base de la economía) y si a mí me da la gana de vender cualquier cosa (que no sea ilegal como las drogas, por ejemplo) y el otro lo compra, lo único que puede hacer el Gobierno es cobrar sus impuestos y punto. No pueden, ni deben, obstaculizar la actividad económica del país por muy humilde que ésta sea.
Los vendedores de agua helada deben defender su derecho a sostener su actividad económica, y las autoridades de la Alcaldía deben reflexionar con sensatez sobre sus acciones.
La sociedad civil, los organismos de derechos humanos deben tomar cartas en el asunto porque si se permite esta arbitrariedad contra humildes vendedores de agua helada (con una óptica tan miope) la carrera de prohibiciones puede continuar en perjuicio de toda actividad económica y por ende de todos. Todos somos parte del problema, recuérdese el antiguo adagio: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.