Edgard Rodríguez C. edgard.rodríguez.laprensani.com
Debo reconocer que la autoestima de Oswaldo Mairena, es del tamaño de Randy Johnson. Desde luego, su problema es que no dispone del arsenal del zurdo de los Diamondbacks.
Tengo algunos años de verlo y nunca he observado que baje los brazos. Ni siquiera cuando aquel batazo de Alberto Hernández lo impactó en su frente y lo envió al hospital en Edmonton, durante el Preolímpico de 1995.
“Por poco me matan”, me dijo. Así es, le repliqué. Fue un gran batazo… “No, por poco me matan con el aparato que me pusieron en la boca, casi me ahogan”, agregó en referencia a la máscara de oxigeno con la que fue trasladado.
Mairena es un luchador. Siempre lo he observado intentando extraer algo positivo de los reveses. Quizá por eso no me sorprende escucharle altamente optimista desde Dominicana, pese a su 4.19 en efectividad, de acuerdo a las estadísticas oficiales.
“Estoy duro. Mantengo la recta a 92 y el slider está como navaja de barbero. El cambio sólo lo uso para engañar y me ha dado buen resultado”, me dice.
No obstante, aún ese circuito tan pujante como el quisqueyano, 4 y pico en carreras limpias no es como para sentirse orgulloso.
“Lo que pasa es que los umpires son demasiado finos y usualmente le dan preferencia a los big leaguers que abundan en esta liga. Además, a veces uno hereda corredores y los relevistas que me sustituyen no hacen el trabajo”, explica.
Sin embargo, lo esencial es que Mairena está, como de costumbre, luchando. Por ahora su meta es enderezar sus cifras, lo que traerá como consecuencia serle útil a las Estrellas y a la vez, ser llamativo para cualquier scout en la liga.
“Ahora que llegó diciembre, está liga se va a poner más dura porque viene un grueso número de Grandes Ligas y tendré que empeñarme más a fondo. Y voy a lograrlo. Yo de esta liga no salgo con una efectividad de 3.00. Tengo que irme con un 2.50 o algo parecido”, asegura.
Muchas veces he pensado qué sería de Oswaldo con una recta poderosa. Lo demás él lo tiene. Incluso los pantalones. Pero bien, Dios no nos da todo lo que queremos, pero sí todo lo que necesitamos.