Recordando a Clarence

Tito Rondón [email protected] Carlos Mena me lo acaba de contar, y lo confirmó Lila de Guerra. Hace como un mes falleció Clarence Chamorro. Sé que para la inmensa mayoría ese nombre no significa nada, pero para muchos que jugamos o seguimos el béisbol a finales de los cincuenta y principios de los sesenta inmediatamente nos […]

Tito Rondón [email protected]

Carlos Mena me lo acaba de contar, y lo confirmó Lila de Guerra. Hace como un mes falleció Clarence Chamorro.

Sé que para la inmensa mayoría ese nombre no significa nada, pero para muchos que jugamos o seguimos el béisbol a finales de los cincuenta y principios de los sesenta inmediatamente nos transporta a los torneos colegiales, a la Liga Profesional, a un pedazo de nuestra juventud que ahora se ha ido.

Lo conocí en 1957. Yo estudiaba en el Calasanz, en donde debo decir que recibimos una base sólida de moral cristiana inspirada por nuestro querido “Benitín”, el padre rector Bruno Martínez, hoy en día en vías de canonización.

En la temporada escolar 1957-1958 el colegio tuvo tres equipos, infantil, juvenil y mayor. No tenían suficientes manoplas, pero el padre Mínguez sabía que mi hermano Juan y yo teníamos dos cada uno, así que a los 13 y 14 años respectivamente fuimos incorporados al equipo mayor.

No éramos campeonables. Se hizo lo que siempre se ha hecho en Nicaragua, conseguir “refuerzos”. Dos compañeros que eran bastante buenos pero muy jóvenes, de 15 años, Moisés García y Ovidio Aranda fueron al banco, y se contrataron cuatro “importados”, como los llamamos siguiendo la moda de la Liga Profesional.

Recuerdo a dos de ellos: “El Gato” y Clarence. “El Gato” (siento no recordar su nombre, le decían así por tener ojos claros) era bajito pero atlético, muy coordenado.

Fildeaba muy bien, tenía buen brazo, y mucho poder al bate. Todavía recuerdo un tremendo jonrón del “Gato”, asombrándonos a todos al poner la bola encima del techo de “La Selecta” desde el campo de atrás de esa lechería en la “Quinta Nina”.

El otro era Clarence Chamorro, y era el más espectacular, pues jugaba el short con unos reflejos, una facilidad y una elegancia que impresionaba. También era tremendo bate y también era jonronero, y en aquellos tiempos en que ni soñábamos con el aluminio eso no era fácil.

Al año siguiente mis padres me mandaron a estudiar al Centroamérica de Granada, donde hoy queda el Intecna, y para el año escolar 1959-1960 el colegio decidió participar en la liga de Granada, lo que sería hoy día Mayor “A”, pues no hubo liga escolar.

En el Centroamérica había un campo que medía 330 pies por las rayas y 420 por el jardín central, tan bueno, que allí practicaba el Oriental de la Liga Profesional.

En ese campo vi a Clarence, nuevamente de “importado”, hacer grandes jugadas y conectar largos jonrones.

En esa época los equipos buscaban afanosos estrellas nicas, ya que se necesitaban tres “nacionales” (o sea centroamericanos o casados con nicas) los que tenían que estar a la defensiva en el terreno de juego.

El equipo que tuviera nicas buenos tenía ganada la mitad de la batalla para ganar; si ese nica era campocortista imagínense el ahorro en importar a uno bueno. El Oriental le le hizo una oferta a Clarence.

Yo siempre pensé que Clarence debió haber aceptado y haber jugado beis profesional.

Hace muchos años encontró el sentido de su vida en los “Cursillos de Cristiandad” y en Dios. Que descanse en paz, y si juegan beis en el Cielo, pues les acaba de llegar un nuevo short stop…  

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