Ex integrante de Pink Floyd aturdido por la guerra

El primer año del nuevo siglo termina con el mundo otra vez en guerra. En tales circunstancias, el muy inglés de Roger Waters —quien fuera la voz, el bajo y la cabeza de Pink Floyd desde fines de los 60— no piensa quedarse en casa viendo CNN. No sólo porque detesta la televisión como medio […]

El primer año del nuevo siglo termina con el mundo otra vez en guerra. En tales circunstancias, el muy inglés de Roger Waters —quien fuera la voz, el bajo y la cabeza de Pink Floyd desde fines de los 60— no piensa quedarse en casa viendo CNN. No sólo porque detesta la televisión como medio informativo, sino porque desde hace más de un año, anda en medio de una gira mundial, In The Flesh Tour, que lo tiene de solista, ya lejos del grupo que supo liderar hasta mediados de los 80 cuando el guitarrista Dave Gilmuour se quedó con el nombre y el timón.

Confiesa que como le sucedió con la guerra de Malvinas, este conflicto Estados Unidos—Afganistán despierta un trauma en él que lo persigue desde la infancia: su padre, Eric Fletcher Waters, murió combatiendo como soldado en la Segunda Guerra Mundial. Dos de sus últimos discos con los Floyd —The Wall (79) y especialmente The Final Cut (83)— quedaron como testimonios casi psicoanalíticos de esa herida personal.

“La muerte de mi padre es mi cruz. Influyó en mi visión de la guerra como ese momento en que la civilización se vuelve irracional. Yo tenía tres años y el ejército británico estaba siendo desmovilizado en 1946 y 1947. Hasta ese momento, no fue un gran problema para mí porque los padres de la mayoría de los chicos estaban en las Fuerzas Armadas de un modo u otro y, fue recién en el 46 o el 47 que empezaron a volver. Se hizo difícil para mí en ese momento porque estos hombres iban a buscar a sus hijos al colegio y yo quería saber dónde estaba el mío. Fue difícil aceptar el hecho de que no tenía padre y me crié en un mundo dominado por mujeres que influyó en mis problemas con ellas… Hay tanta gente en su país o en la misma situación que podrían estar en una situación peor, porque con la política que se ha practicado en América del Sur en los últimos cuarenta años, mucha gente ha desaparecido y nadie sabe qué les pasó. Hoy me siento cerca de todos los huérfanos creados por sistemas políticos equivocados”.

– Usted inició su carrera a fines de los 60 cuando la contracultura y el hippismo fueron una respuesta a la guerra de Vietnam, ¿cómo ve esos días de idealismo desde el presente?

Muy lejos. Hoy día no pienso en movimientos. Yo también estoy confundido. Espero solamente que haya un mayor porcentaje de personas que sean capaces de entender las cosas por sí mismas, tener sus propios pensamientos y hacer oír sus propias palabras. Las fuerzas de la empatía, la razón y el bien han perdido terreno frente al fundamentalismo y la guerra. Lo único positivo que veo que ha surgido de todo esto es que, en Inglaterra por lo menos, todos sabemos mucho más acerca de la geografía y la política de Oriente Medio y acerca del Islam, que lo que sabíamos hace dos o tres semanas. Nos guste o no, lo cierto es que ahora tenemos más información sobre la otra mitad del mundo.

– En este contexto de guerra, ¿piensa que el rock es capaz de darle a la gente algún mensaje adecuado?

Confieso que ya no escucho tanto rock como antes. De todos modos, entiendo que una minoría rockera tiene algo para decir. Pero si no sucede, es culpa nuestra: nunca alentamos a nuestros músicos a tener una actitud política o a ser humanitarios. Los alentamos a que tengan una actitud suicida y sean excesivamente indulgentes consigo mismos. No quiero generalizar pero muchos rockeros son como los políticos: usan un escenario para tener poder en lugar de expresarse.

– ¿Cómo hace usted para evitar esta tentación?

Creo en la empatía. La última canción que edité (Each Small Candle) la compuse a partir de un poema que escribió un hombre encarcelado y torturado. Y así me empaticé con alguien que no conocí ni conoceré probablemente y está lejos, a través de 3.000 o 4.000 millas del Atlántico Sur. Si alguien pudiera llegar a la perilla de la empatía y hacerla girar, muchos de los problemas políticos y sociales que reconocemos y experimentamos en todo el mundo desaparecerían. Cuanto más adquirimos la capacidad de comprender y experimentar, aunque más no sea de modo indirecto los sufrimientos de otros, nos volvemos menos capaces de confabularnos para generar esos sufrimientos.

Texto resumido de entrevista realizada por Pablo Schanton.

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