Examen del “fondo de ojo”

León Núñez [email protected]

Varios meses antes de las elecciones del pasado cuatro de noviembre era visible en el rostro de algunos ciudadanos nicaragüenses su gran disposición para sacrificarse por este país, por servirle al pueblo de Nicaragua, aunque fuera llevando a cuestas la pesadísima cruz de una diputación.

Un día después que se celebraron las citadas elecciones empecé a notar una mayor disposición para el sacrificio, pero ahora queriendo llevar a cuestas la pesadísima cruz de un ente autónomo, de un ministerio, de un viceministerio, de una secretaría general, de una embajada… En sus semblantes y hasta en el modo de hablar se reflejaba la desesperación que sentían por sacrificarse por el pueblo nicaragüense, desesperación que hasta los pudo haber llevado a tomar la fatal decisión de inmolarse ante “el altar de la Nación”.

En horas de la mañana del día cinco de noviembre visité el Hotel Intercontinental de Metrocentro con el objetivo de saludar y felicitar a don Enrique Bolaños. El lobby del hotel estaba abarrotado de gente. Se observaban sólo semblantes alegres y caras risueñas. Había optimismo en el ambiente y fe en el futuro.

En una cierta luz que salía de las miradas de casi todos los asistentes se podía percibir el deseo patriótico y desinteresado de sacrificarse por Nicaragua, pero como soy mal pensado se me vino la idea, quizás equivocada, de que si a cada uno de ellos se les hubiera hecho el examen llamado “fondo de ojo”, el médico habría visto a través del cristalino el libro del Presupuesto General de la República.

Con la primera persona que conversé me preguntó en voz baja: “¿A cuál puesto le andás tirando?”. Yo le respondí que a ninguno; que no aspiraba a ejercer ninguna función pública. “¡Tomá tu muñeca!”, me dijo en forma vulgar al tiempo que me hacía la guatusa. Me llamó la atención de que todas las personas con las que hablé en el mencionado hotel, que no fueron pocas, me preguntaron sobre mis aspiraciones burocráticas y al contestarles negativamente ninguna de ellas tuvo ni siquiera la cortesía de creerme de mentira.

En vista de que la pregunta que todos me hacían tenía como presupuesto el hecho de que yo andaba buscando un cargo público, decidí también hacer a cada uno de los preguntones la misma pregunta, aunque en términos distintos: “¿por cuál puesto estaría usted dispuesto a sacrificarse?”. Nadie quiso contestarme tal vez por la sorna que llevaba la pregunta. Pero todos abundaron en la misma retórica. Según ellos, don Enrique les había ofrecido cargos en la Administración Pública, y que ninguno le había contestado ni que sí ni que no.

Quiero señalar que por la manera como se expresaban los señores con los que conversé, daban la impresión de que era don Enrique el que andaba detrás de ellos y no ellos los que andaban detrás de don Enrique. Cualquier extranjero que no conociera a los nicaragüenses, hubiera pensado, al oírlos hablar, de que era don Enrique el que les andaba implorando para que le ayudaran a gobernar el país.

De pronto, la tranquilidad de las conversaciones en el salón de espera del hotel se vio interrumpida cuando alguien que salía de uno de los pasillos que conduce al lobby anunció a grandes gritos: “¡Háganse a un lado que va a pasar don Enrique!”. Se produjo una estampida fenomenal hacia el lugar de donde provinieron los gritos. A mí por nada me botan. La gente se aglomeró en forma arremolinada a la entrada del pasillo ante las carcajadas del bromista que había hecho el falso anuncio de que don Enrique saldría atravesando el lobby del hotel.

Entre los que corrieron desesperados, dando empujones y codazos, para tratar de abordar a don Enrique, estaba un señor que minutos antes me había dicho con un perfil de altivez y arrogancia, que él estaba en el hotel porque el ingeniero Bolaños lo había mandado a llamar; que le había ofrecido un puesto público importante, pero que todavía seguía pensando en semejante sacrificio. Cuando regresó a mi lado estaba como con pena por la pifia sufrida y detecté que se sintió con su prestigio lesionado o disminuido en su imaginaria importancia cuando le manifesté mi admiración por su extraordinaria fortaleza y agilidad para desplazarse dentro de locales apretujados de gente.

Debo decir que en el lobby del hotel habían funcionarios públicos de la actual administración, también desesperados por continuar sacrificándose por el pueblo nicaragüense. Son los que están y quieren seguir, distintos de los que no están y quieren ser. En todo caso, unos y otros tienen que saber —para evitar falsas como inmorales esperanzas— que a partir del próximo 10 de enero la administración de la “cosa pública” no va a tener nada que ver con el voraz destace que de la “res pública” llevó a cabo este gobierno.

Una hora después de haber llegado abandoné el Hotel Intercontinental de Metrocentro dejando atrás a los abanderados del sacrificio. En el parqueo me encontré con tres señores que presurosos se dirigían al hotel. Conversé brevemente con ellos. También me dijeron que habían sido llamados por don Enrique y que todavía tenían dudas sobre si debían aceptar los cargos que el Presidente electo les había ofrecido. De regreso a mi casa estuve pensando que esas dudas podrían ser razonables porque supuse que no debía ser fácil para nadie tomar rápidamente la angustiante decisión del sacrificio.

El autor es abogado y escritor.  

Editorial
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