Tal como se esperaba —porque lo anticiparon las dos firmas encuestadoras más confiables: CID/Gallup y Borge y Asociados, el ingeniero Enrique Bolaños ganó la elección presidencial del recién pasado 4 de noviembre. La sorpresa fue el amplio margen de ventaja de Bolaños sobre el candidato sandinista, Daniel Ortega, lo que sin dudas se debió a que en estas elecciones el índice de abstención se redujo al nivel más bajo de la reciente historia electoral de Nicaragua (9%, versus 27% en 1996 y 19% en 1990).
Para obtener su amplia victoria electoral, Bolaños no sólo tuvo que derrotar al FSLN —oxigenado por el Presidente Arnoldo Alemán por medio del pacto libero-sandinista—, sino que también venció el lastre de su propio partido, el PLC, comprometido con la corrupción del actual gobierno liberal. Sin embargo, lo más importante es que el triunfo de Bolaños pone fin a la incertidumbre que se había apoderado de una gran parte de la población nicaragüense, ante la posibilidad de que el FSLN ganara las elecciones. En realidad, no sólo los sectores empresariales y de clase media alta estaban angustiados por el colapso económico del país que podría sobrevenir como consecuencia de un eventual regreso de los sandinistas al poder. También la mayoría de los nicaragüenses pertenecientes a los estamentos populares —como lo demostró la elección del domingo pasado—, temían el posible restablecimiento de las situaciones oprobiosas que hubo bajo el régimen sandinista, tales como el racionamiento, la militarización, el espionaje político policíaco y vecinal, el odio de clases, etcétera.
Ahora bien, la victoria electoral de Bolaños es ante todo el triunfo de la democracia. Pero lo peor que podrían hacer los sectores democráticos es dormirse sobre los laureles. Por el contrario, el hecho de que gran parte de la población continúa apoyando a un partido de izquierda autoritaria debería motivar a quienes gobernarán a partir del próximo 10 de enero, a hacerlo de la manera más honesta y eficiente posible, y a atender responsablemente los problemas de toda la nación con énfasis en las necesidades de la gente más humilde de la sociedad nicaragüense.
La verdad es que si el FSLN ha retenido una alta votación popular y tendrá una fuerte representación en la Asamblea Nacional, no es por sus propios méritos sino por las debilidades de los sectores democráticos, y en particular por la corrupción y las aberraciones del actual gobierno liberal. Mucha gente sigue apoyando al FSLN no sólo porque decenas de miles de familias se beneficiaron con “la piñata” sandinista, sino también porque es el único partido, que aunque sea de palabra, demuestra preocupación por los problemas de los pobres y los ilusiona con promesas de justicia social.
Hasta ahora la democracia no ha sido capaz de responder a las aspiraciones de los sectores más pobres de la sociedad. Esto se debe a las limitaciones económicas del país pero también a la codicia y la corrupción de quienes han gobernado durante los últimos años. Y si las fuerzas democráticas no asumen las demandas de justicia social ni se identifican con los problemas de los pobres, que son la mayoría de la población, en las elecciones del 2006 la nación volvería a sufrir las mismas angustias que sufrió hasta el domingo recién pasado y los sandinistas tendrían mejores posibilidades que ahora para regresar al poder.
Al felicitar a don Enrique Bolaños por su triunfo electoral, recordamos que él se ha comprometido públicamente a hacer de su gobierno algo completamente distinto de la deplorable administración del Presidente Arnoldo Alemán, que hizo varias obras de infraestructura financiadas con ayuda externa pero se distinguió mucho más por la corrupción y la ramplonería gubernamental.
Estamos claros de que no será fácil para Bolaños cumplir ese compromiso y gobernar ejemplarmente en medio de las dificultades económicas y las carencias materiales que sufre el país, además de que inevitablemente estará limitado de alguna manera por los onerosos alcances del pacto libero-sandinista y la intimidante presencia de los dos caciques —Alemán y Ortega— en el Poder Legislativo. Pero con sólo que gobierne con honestidad y eficiencia, Bolaños resolvería gran parte de los problemas de Nicaragua y se haría acreedor del justo reconocimiento de toda la nación.