Jorge [email protected]
Sería totalmente descabellado pensar que
Thomas More, al escribir en 1516 su famosa obra, “Utopía”, pudiera haberse imaginado que 485 años más tarde, un grupo de nicaragüenses intentaría superar los alcances de su fértil imaginación. Pero eso, precisamente, es lo que parecen haber intentado los “ingenieros sociales” del CONPES y del CONADES cuando escribieron el documento titulado “La visión de nación; la concertación de nuestro futuro; el país que deseamos”.
Sin embargo, antes de decir en qué consiste semejante disparate, debo aclarar que el autor de Utopía, no tenía ni un pelo de utópico, es decir, de iluso. A More no se le ocurrió jamás proponer que aquella situación ideal que había concebido su fecunda imaginación (“la loca de la casa”, como llamaba con mucha gracia Santa Teresa de Jesús a la imaginación) pudiese —y mucho menos, debiese— ser llevada a la práctica, como sí intentan hacer los del CONPES y CONADES con el contenido de su “visión de nación”.
Los integrantes de esas organizaciones están convencidos de que a través de un “proceso de concertación” entre los diferentes “actores” de la sociedad nicaragüense, podremos llegar, en el término de 20 años, a la construcción de una sociedad ideal en donde la abundancia, el equilibrio y la equidad que la caracterizarían, haría palidecer de envidia a los imaginarios habitantes de la isla de Utopus. Dicen nuestros ilusos locales: “Para posibilitar el País que queremos construir, es necesario ponernos de acuerdo sobre cómo concretaremos nuestros anhelos, nuestra Visión de Nación, para ello necesitamos un Proceso de Concertación donde se acuerden los mecanismos que nos permitan alcanzar los objetivos planteados, ésta será nuestra Agenda de Nación”. ¡Qué necedad e insensatez! Y peor aún: ¡Qué peligroso!
Cuando muchos creíamos que el recién desaparecido siglo XX había arrastrado consigo el espíritu utópico que tanta miseria, dolor y muerte causara en un sinnúmero de países —entre ellos el nuestro—, he aquí que ese espíritu se levanta desafiante e indómito otra vez, sólo que ahora lo hace con mascarillas de antiglobalizadores y de fabricantes de Agendas de Nación. ¡Ah, doña utopía! “Esa señora altiva que vive con la cabeza en las nubes y con los pies en un charco de sangre” —como atinada y magistralmente la describiera el profesor español, Pedro Schwartz—, no morirá jamás. Estoy convencido de que acompañará al ser humano hasta la consumación de los siglos.
No se le ocurre a nuestros utopistas pensar que su proyecto es irrealizable, y mucho menos aún creer que cualquier intento de llevarlo a cabo requeriría de la instauración de una dictadura totalitaria que suprimiría todo vestigio de libertad individual, y, por ende, de iniciativa privada. Estoy seguro de que los corazoncitos tiernos y sensibles de nuestros utopistas tiemblan de sólo imaginar que ellos pudieran proponer una dictadura. Lo que no alcanzan a ver, como tampoco pudieron sus antecesores del siglo XX, es que esos planes —bien intencionados, por supuesto—, conducen, necesariamente, a la opresión primero, al fracaso después, y por último a la desilusión.
Urge rescatar el sentido de realidad. Hablar de una articulación de “planes y estrategias debidamente estructurados… con responsabilidades claras para el Estado y la sociedad, para las organizaciones y las personas”, es no solamente ilusorio, sino, peor aún, brutalmente demagógico y altamente peligroso. No puedo encontrar otra forma de describir la intención de una supuesta “instancia nacional de concertación” que pretendiese hacer “planes” para las personas.
Nunca jamás la libertad individual ha sido motivo de preocupación ni ha formado parte de la ecuación de desarrollo concebida y formulada por los utopistas y planificadores sociales de todos los tiempos. A ellos les interesa “la sociedad”, no la persona, y en el proceso de querer “salvar” la sociedad, destruyen a la persona, y, por consiguiente, a la sociedad entera. Es por eso que las utopías son siempre violentas, y más temprano que tarde conducen al cinismo.
Nicaragua debe y puede desarrollarse para beneficio de todos, pero no lo logrará con Agendas de Nación de ninguna especie. Sólo bajo un Estado de Derecho, con un sistema judicial efectivo y eficiente, con respeto absoluto a la propiedad privada, con igualdad ante la ley, y dejando que cada persona sea libre para perseguir sus propios proyectos e intereses (lo cual implica que nadie tiene derecho de atropellar la libertad de los demás), es que nuestro país podrá crecer sostenida y aceleradamente. El resto es pura necedad y tristes sueños de opio.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la UTM.