Conrado Godoy*
De forma unánime, los países que integran la Organización de Estados Americanos ratificaron recientemente su compromiso con la democracia, acordando promoverla y fortalecerla por todos los medios, incluyendo la aplicación de drásticas sanciones, contra aquellos que, animados por oníricos afanes de lucro y de poder, pudiesen caer en tentaciones de autoritarismos, similares a los que, hasta hace sólo unos años, ensangrentaban el continente y escribían las páginas más deleznables y ominosas de nuestra reciente historia política.
Los cancilleres americanos reunidos en la capital peruana alcanzaron un admirable consenso en torno a la llamada Carta de la Democracia, cuya firma se vio acelerada por los lamentables y doloroso sucesos ocurridos en Estados Unidos. El documento fue suscrito sin hesitaciones por todos los representantes, con la sola objeción de Venezuela, que al final también lo firmó, aunque con reticencias, pues reclamaba la inclusión del concepto “democracia participativa”, eufemismo utilizado por la izquierda actual para disfrazar la famosa “democracia popular”, que pusieron en boga los regímenes marxistas antes del descalabro comunista.
La decisión tomada por el organismo regional en Lima responde al modelo de democracia representativa occidental que nosotros concebimos, consideramos esencial para el desarrollo de nuestros pueblos y está basado en un derecho fundamental del hombre: la libertad. En su apreciación conceptual, la democracia representativa descansa en sus instituciones, y su perfeccionamiento como sistema político, ciertamente dependerá de la fortaleza y autarquía de las mismas. Es innegable que la democracia en América Latina camina con paso firme hacia su destino histórico que está siendo escrito por una nueva generación de líderes, carismáticos, visionarios, que enarbolando una auténtica bandera de la nacionalidad, pretenden dejar atrás los viejos resabios y atavismos, para construir con amor y patriotismo las nuevas sociedades.
Nuestros pueblos no necesitan enredarse con la “democracia participativa” de que nos habla Hugo Chávez, el pintoresco y populista gobernante venezolano, empeñado en seguir las directrices de Fidel Castro y en estrangular poco a poco la libertad y el derecho en Venezuela, en aras de un fementido proyecto bolivariano. Tampoco nos hace falta la “democracia participativa” que nos ofrece el candidato presidencial del FSLN, que augura, entre otras desgracias, el derrumbe institucional y la administración por decretos provenientes de las anunciadas “asambleas municipales”, extraños organismos que por alguna razón nos traen a la memoria, aquellos foros arbitrarios llamados festivamente en la década de los ochenta “de cara al pueblo”, de ingrata recordación para la mayoría de los nicaragüenses.
No debemos equivocarnos. La democracia es una sola, genuina e insustituible, y es aquella que garantiza al ciudadano el ejercicio pleno de sus derechos. Lo demás son cantos de sirenas a los que no debemos prestar oídos.
* El autor es periodista.