Horacio J. Somarriba O.*
Las pérdidas que padecen los pequeños agricultores por sequía o inundaciones les deterioran su economía familiar, limitando año con año las posibilidades de acceso a los servicios básicos: escuela, salud, vivienda… a cada uno de los miembros de su familia.
Las estrategias de supervivencia se endurecen, se reducen anualmente. Es decir, los efectos de estos fenómenos climáticos son más desastrosos hoy más que en años anteriores.
Ellos son detonantes de “tacos bien apretados”, cuya dinamita se viene acumulando (las vulnerabilidades) por el incremento de desastres que no los percibimos como peligrosos, porque son de baja intensidad, de lenta evolución. Nos referimos a las condiciones que determinan la calidad de vida del poblador, que a su vez, ellas son la causa de las relaciones de depredación entre éste y la naturaleza, y cuyo efecto va más allá del deterioro ambiental, premisa para los desastres de rápido impacto con pérdidas humanas y económicas visibles.
El sector cafetalero tradicionalmente ofrecía empleo a los obreros del mismo, y en esto consistía su alternativa de subsistencia ante ocurrencia de sequías y otros fenómenos peligrosos. Pero más allá de los bajos precios del café en el mercado internacional, se encuentra una causa importante: el sistema financiero vela por sus intereses, no por los de los jornaleros del café, situación que no pudo regular el Estado en su función elemental a favor de los menos pudientes o, como decimos hoy, de los más vulnerables.
No solamente el café ha padecido por las políticas torcidas de las instituciones del Estado, sino también el sistema de producción que encierra el bosque de pinos en Nueva Segovia. Ya desde hace más de dos años se conocía que el gorgojo descortezador de pinos estaba afectando los bosques de este departamento, sin embargo no se tomaron las medidas pertinentes. Resultado: el bosque de pinos de Nueva Segovia está condenado a desaparecer y con él todas las fuentes de empleo que generaba: aserríos, caminos, talleres, comercio, etc.
Los tentáculos del daño del evento desastroso del gorgojo se evidenciarán en el cambio ambiental que empieza a sufrir el territorio, en los recursos suelo, agua, fauna y otros.
Un común denominador que atraviesa muchas alcaldías de Nicaragua es el estado de iliquidez, y endeudamiento. No pueden enfrentar siquiera los gastos corrientes. Al igual que en el caso del café y el gorgojo en los pinares, esto es un reflejo de las políticas del Estado Central implementadas en las municipalidades.
La falta de gestión para la reducción de riesgos en Nicaragua afecta directamente las opciones de vida, no tomemos las del “desarrollo humano”. El café, el bosque de pinos, la insostenibilidad de la agricultura tradicional y la misma economía maltrecha merman las posibilidades de empleo a los pequeños productores, que al ocurrir la sequía o inundación de costumbre no pueden echar mano de la alternativa hoy en crisis. Las consecuencias se sentirán a plenitud en los meses siguientes, dado que el ciclo de producción de granos básicos ha sido roto en muchos sitios y no se adoptan las medidas correctivas que amerita el caso.
Las estrategias de supervivencia (opciones) son cada vez más degradantes, inhumanas, para grupos de población vulnerables, los que encontramos en las cabeceras departamentales en contingentes cada vez mayores de mujeres con niños mendigando por las calles.
La envoltura electorera en nuestros días hace más impermeables a los políticos en campaña, ante estas situaciones de crisis. El gran reto consiste en que ellos propongan concretamente acciones a largo plazo, pero que desde ya ayuden a estas poblaciones con estrategias de supervivencia dignas que no se orientan solamente a la seguridad alimentaria, y que estos grupos tengan una visión clara de su futuro.
* El autor es sociólogo ambiental en el Centro Humboldt.