En el transcurso de una reunión con el Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP) —este miércoles pasado— el jefe del Ejército, general Javier Carrión, habló de la posibilidad de que la institución castrense podría actuar en la recta final del período electoral, en caso de ser necesario, para preservar la paz social. “Estamos determinados a actuar junto a la Policía con firmeza en función de evitar actos ilegales, de disturbios o desacatamiento de las autoridades policiales”, expresó el general Carrión.
Como es sabido, es responsabilidad de la Policía Nacional el mantenimiento del orden y de la paz social, mientras que al Ejército, de acuerdo al Artículo 92 de la Constitución Política, le corresponde “…la defensa de la soberanía, de la independencia y la integridad territorial”. A renglón seguido, sin embargo, ese mismo artículo señala que “Sólo en casos excepcionales el Presidente de la República, en Consejo de Ministros podrá, en apoyo a la Policía Nacional, ordenar la intervención del Ejército de Nicaragua cuando la estabilidad de la República estuviera amenazada por grandes desórdenes internos, calamidades o desastres naturales”.
No deja de ser penoso que, ante unas elecciones que deberían ser una verdadera fiesta cívica, el Ejército tenga que prepararse para sofocar un posible brote de violencia que, en honor a la verdad, esperamos que no ocurra. Estamos seguros, también, que la vasta mayoría de la población nicaragüense quiere que este proceso electoral se lleve a cabo en paz y dentro de las más altas normas de civilidad posibles.
Es cierto que unas elecciones son una contienda por el poder político, y que, como en toda contienda, se generan fuertes pasiones y entusiasmos partidarios. Pero las elecciones, a su vez, son un método de selección de autoridades en el cual la violencia no tiene cabida alguna. Ellas existen, precisamente, para que el acceso al poder político ocurra de manera pacífica y civilizada, y no mediante métodos violentos y arbitrarios, como sucede en los golpes de Estado y en los procesos revolucionarios. De estos dos últimos métodos violentos, la ciudadanía nicaragüense está harta.
Desde 1990, nuestro país ha tenido dos elecciones para elegir presidente, vicepresidente y demás autoridades generales. Las de 1990 se desarrollaron en paz, a pesar de que la sociedad nicaragüense se encontraba confrontada en una cruenta guerra civil. Esas elecciones, de hecho, demostraron que la mayoría de los nicaragüenses somos amantes de la paz, y que preferimos resolver nuestras diferencias por la vía pacífica del voto. Esa experiencia se repitió en 1996, año en el que hubo otras elecciones tranquilas. Esta vez no debería de ser diferente.
La autoridades electorales, empezando por aquellas que integrarán las más de nueve mil Juntas Receptoras de Votos, tienen una gran responsabilidad para ayudar a que este proceso culmine sin violencia ni disturbios. Entre más rápido envíen los resultados al lugar que corresponde, más rápidamente se conocerán los resultados, y menores serán, en consecuencia, las posibilidades de violencia. Las impugnaciones deberán hacerse sólo en aquellos casos que verdaderamente amerite, y no porque el partido de uno u otro bando haya salido desfavorecido en determinada Junta. Igualmente, las autoridades superiores del Consejo Supremo Electoral deberán actuar con imparcialidad y diligencia, respetando en todo momento la voluntad de los electores.
Como señalamos atrás, las elecciones deberían ser una fiesta cívica, y estamos seguros de que lo serán para la gran mayoría de electores. No obstante, ante la posibilidad de que todavía exista una minoría violenta que no logra aceptar las reglas del juego democrático, y que no estaría dispuesta a reconocer una derrota por un pequeño margen de votos, consideramos, entonces, que el Ejército hace bien en prepararse para actuar con energía y responsabilidad en caso de que las fuerzas policiales se vieran rebasadas en su capacidad de acción. Los planes del Ejército de hacerse visible el día de las elecciones pueden contribuir efectivamente a disuadir las malas intenciones de los violentos.
Éstos serán nuestros primeros comicios generales en el nuevo milenio, y son, por lo tanto, una excelente oportunidad para demostrarnos a nosotros mismos, y para demostrarle al mundo entero, que la violencia en Nicaragua es cosa del pasado.