¡Qué no daría yo por vivir,
en el mundo mágico,
que todo niño sueña!
Un mundo de caramelo, en el cual hubiera
una interacción comunicativa con
nuestros hermanos animales y vegetales.
Un mundo de colores cuyas casas de
chocolate, vainilla y fresa hicieran
el marco perfecto con los árboles parlanchines
de galletas con botonetas de colores,
cuyas ramas de caramelo hicieran un lindo conjunto,
con el sol de miel que endulza nuestros días.
Un mundo en el que cada niño
nunca dejara de sonreír,
un mundo por consiguiente,
en el que las lágrimas no existirían.
Un mundo donde el dinero no exista.
un mundo de padres atentos, comprensivos y cariñosos,
de jóvenes inmersos en acciones bonitas que llenan su vida.
un mundo; sinónimo de solidaridad, de alegría y pasión,
de enamorados del amor, un amor floreciente y humano.
Un mundo; de perdón,
lleno de Dios.
Un mundo por el cual yo daría
mi último suspiro de vida
si viviera en él aunque sea un segundo…