Alina Guerrero L.
Siempre me ha parecido que ser un diplomático es un papel difícil de ejercer, porque la imagen que nos han vendido de las personas que se hacen cargo de este rol es que deben ser ponderados, centrados, con mucho dominio de sus emociones y sentimientos, y sobre todo con un nivel muy alto de respeto hacia los ciudadanos y a la nación ante la cual están representando a su país. Por supuesto, estos requisitos se hacen imprescindibles cuando se es embajador.
Por eso considero lamentable el papel que de un tiempo a esta parte está haciendo el embajador de los Estados Unidos en nuestro país, el señor Oliver Garza, y no es que crea que él no tiene derecho a sentir y pensar como mejor le parezca, lo grave del asunto es que él no debe, según las normas internacionales de servicio exterior, de intervenir en los asuntos internos de ningún país, mucho menos expresar abiertamente su preferencia por algún partido o grupo político.
La lectura que podemos hacer los nicaragüenses de la actitud del embajador Garza es que poco le importan las leyes de Nicaragua, que muy poco respeto le merecemos, que le vale lo que pensemos y que él, como embajador del país más poderoso de la tierra, puede hacer lo que mejor le parezca aunque su injerencia nos humille y nos moleste en grado superlativo, por lo menos a los que tenemos dignidad y orgullo nacional.
Me indigna la actitud del señor Garza porque no le interesa ni siquiera guardar las apariencias, él actúa como el procónsul que hace y deshace escudándose en el poder que tiene detrás de sí. Así actúa la prepotencia cuya base está sentada en el menosprecio, el irrespeto y el descaro, esas actitudes son su fundamento.
Si embargo, no es de extrañar esta conducta irrespetuosa, ya que éste ha sido el modus operandi de los embajadores de Estados Unidos en nuestro país y en todos los países donde han estado. Sólo para ejemplificar un poco recordemos que ellos mantuvieron durante 45 años a una de las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica: los Somoza. La frase: “…es un hijo de p…, pero es nuestro hijo de p…”, ilustra muy claramente que no interesa qué hacen los mandatarios en los países y con sus ciudadanos, el interés es cómo me sirve a mí —Estados Unidos— este dictador. Por eso no me extraña que el embajador Oliver Garza nunca se haya pronunciado por el despilfarro, el robo, la corrupción y hasta los supuestos vínculos con el narcotráfico de los que este gobierno ha sido acusado, al fin y al cabo no importa lo que estemos sufriendo los nicaragüenses, lo que importa es qué tanto, el gobierno, le sirve a sus intereses.
Desgraciadamente esta historia no es sólo nuestra, también hemos visto cómo la mayoría de los países de América Latina han tenido que soportar dictaduras de todo tipo sostenidas por Estados Unidos, hasta que los pueblos, no teniendo otra alternativa, han tenido que sacudirse el oprobio a costos muy altos tanto en recursos materiales —que siempre han sido escuálidos por los saqueos a que las mismas dictaduras nos han sometido— como en vidas humanas que son nuestra gran riqueza.
Nos preocupa que el embajador Garza esté propiciando entre la familia nicaragüense el odio y el rencor que queremos desterrar para vivir en paz. Para nadie es desconocido cuánta sangre ha tenido que correr para llegar hasta donde estamos, lo débil de esta incipiente democracia, el dolor y la miseria que siguen pasando miles de nicaragüenses por la secuela de las guerras sucesivas que hemos tenido, la última financiada abiertamente por Estados Unidos.
Queremos un país diferente, un país donde todos nos reconozcamos como ciudadanos, que las elecciones sean la evaluación que los nicaragüenses hacen cada período a sus gobernantes y a los partidos políticos, queremos votar sabiendo que al día siguiente Nicaragua seguirá su camino hacia nuevos horizontes, hacia un futuro mejor para nuestros hijos e hijas.
Es por eso que creo que el señor embajador de los Estados Unidos debe tener una actitud diferente. Él como persona de origen mexicano debe respetar y hacer honor al pensamiento de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Él como buen ciudadano estadounidense debe respetar y hacer honor a los próceres de su país que lucharon por construir una nación donde se respetaran las leyes y a cada uno de sus ciudadanos.
El hecho de ser el representante de los Estados Unidos no le da derecho a irrespetarnos y a pisotear nuestra autodeterminación; deje, señor Garza, que este pueblo decida su futuro; déjenos asumir nuestras responsabilidades, aciertos y errores; déjenos construir nuestra nación; asuma en todo lo que vale su papel de diplomático, su papel de embajador; dignifique con su actitud ese rol tan difícil de cumplir porque exige de las personas el control de sus sentimientos y emociones, de sus preferencias y sus rechazos en función de respetar a un país que no es el suyo; el derecho que tenemos los nicaragüenses de elegir el destino que queremos sea éste cuál fuere, al fin y al cabo, es nuestro derecho.
La autora es periodista