Francisco Aguirre Sacasa
1998 fue un año preocupante para la economía mundial. Japón y los “tigres asiáticos” —países como Corea del Sur, Tailandia e Indonesia— enfrentaban una severa crisis financiera y dificultades económicas. La economía rusa tambaleaba como consecuencia de un bajón en el precio mundial del petróleo, el principal rubro de exportación de esa nación, y del mal manejo macroeconómico. Se temía que las economías de Latinoamérica —y la del Brasil, en particular— podrían sucumbir al malestar en el Lejano Oriente. Y hasta en los Estados Unidos se sentía una preocupación por la economía que se reflejaba en un alto nivel de volatilidad en la bolsa que perdió el 15% de su valor.
Ante esta situación, estaba de moda hablar de la necesidad de rediseñar la “arquitectura financiera” del mundo, de lo “contagioso” que era la crisis asiática y de la amenaza de una recesión seria y hasta depresión mundial. El pesimismo reinaba.
A pesar de todo esto, yo tenía confianza de que se lograría evitar una contracción en la economía global. Es más, lo dije en un artículo que publicó LA PRENSA en sus páginas de opinión el 23 de octubre de 1998 titulado “Rayos de Esperanza en la Economía Global”. Basaba mi optimismo en la fuerza que percibía en la economía estadounidense —la más grande del mundo— y en la acción coordinada que varios países claves estaban tomando para contener y echar atrás la “implosión” económica que muchos países estaban viviendo.
Acerté en mi pronóstico. La economía norteamericana gozó de dos años de crecimiento sin precedente superando los niveles normalmente experimentados por las economías maduras. Los niveles de desempleo en la Unión Americana cayeron por debajo del 4%, su bolsa logró niveles estratosféricos y Estados Unidos, cuyo Gobierno tenía años de estar operando con un déficit fiscal, logró generar impresionantes superávits. La economía norteamericana se convirtió en la locomotora del mundo, impulsando una reactivación económica que remolcó hasta aquellas economías que se encontraban varadas.
Ahora, tres años después, nos encontramos—nuevamente— frente a una encrucijada en la economía mundial. Hay nubarrones por todos lados. Japón sigue renqueando económicamente con su sector financiero averiado por las vastas pérdidas que enfrentan sus bancos. En Europa Occidental, país tras país está pasando por una desceleración de su crecimiento económico. Y la economía norteamericana ha experimentado varios “shocks” incluyendo el colapso de la bolsa, particularmente para compañías de alta tecnología.
Para mediados del 2001, la tasa de desempleo norteamericana estaba subiendo al igual que los inventarios de compañías cuyas ventas se desplomaban, y la capacidad de utilización de empresas —particularmente las industriales— estaba cayendo. Todo parecía apuntar hacia una recesión norteamericana aunque había gurús económicos que opinaban que no habría una recesión y que se lograría un “aterrizaje suave” de la economía. Y las acciones agresivas que estaba tomando el Banco Central estadounidense, que bajó repetidas veces las tasas de interés, y la Administración Bush que recortó los impuestos para estimular la economía, al menos ofrecían alguna esperanza que la economía más poderosa del mundo podría evitar una recesión.
Todo esto cambió con los horrorosos eventos del 11 de septiembre. Los ataques terroristas no sólo dejaron un saldo de más de seis mil muertos, sino que parecen haber acabado —al menos temporalmente— con la confianza del consumidor. Además, el temor al terrorismo ha diezmado a varios sectores de la economía norteamericana. La lista de “bajas económicas” es larga y sigue creciendo. Incluye a las aerolíneas, que se han visto obligadas a despedir a 100,000 empleados, la industria hotelera, las empresas que alquilan carros —en gran parte en aeropuertos— las compañías de seguro, los restaurantes y los teatros. En Broadway, por ejemplo, hasta los shows más populares están vacíos.
Cada día que pasa, las posibilidades del añorado “aterrizaje suave” disminuyen y la perspectiva de una profunda y prolongada recesión norteamericana aumenta. ¡Ahora sí hay que preocuparse!
¿Qué significa todo esto para Nicaragua? Por un lado, podremos vernos beneficiados con, por ejemplo, la caída del precio del petróleo que ya se está dando en la medida que la demanda mundial cae. Pero, no nos equivoquemos, una recesión norteamericana no será provechosa para nuestro país. Nuestras exportaciones hacia los Estados Unidos sufrirán, cosa que ya se está viendo en nuestras maquilas, un sector de crecimiento robusto en los últimos cinco años. Además, una recesión norteamericana con alzas en la tasa de desempleo podría traducirse en un bajón en las remesas a nuestro país y en un deterioro en la perspectiva para la negociación de un tratado de libre comercio con los Estados Unidos, uno de los ejes de la estrategia de desarrollo que Nicaragua tiene que seguir. Esto debido al mayor desempleo que usualmente provoca un sentimiento proteccionista en Estados Unidos. Finalmente, podría implicar una disminución en la ayuda internacional a nuestro país.
De cara a este ominoso entorno internacional, Nicaragua tendrá que esforzarse cada vez más para lograr su despegue económico. Habrá menos margen para mal manejo, para errores de política económica que podrían minar la confianza en nuestro país. Y en la medida que no logramos aumentar nuestra competitividad en un mundo cada vez más difícil, nuestro porvenir económico en los próximos años será más sombrío.
El autor es Canciller de Nicaragua