Eduardo Enrí[email protected]
El nerviosismo del sector liberal de perder las elecciones es evidente. Se siente en la calle, con la gente que uno habla. Algunos hasta le insinúan a uno que es deber de un periodista “democrático” como se autollaman aquí los liberales, colocarse claramente al lado de la campaña de ellos. Porque de lo contrario, argumentan con cierto tono de amenaza, seremos responsables del regreso de “la noche oscura” a la que tanto tememos.
Ese nerviosismo me ha hecho reflexionar, porque en realidad esta situación no es el resultado de tres meses de campaña ineficaz, o de un mal candidato, o de un mensaje que no llega. La verdad, esta situación tan incómoda en que se encuentran los liberales y en la que nos han arrastrado a los demás, tiene causas y raíces más profundas. Mi reflexión me hizo recordar la famosa leyenda española de “El Suspiro del Moro”.
Es un hecho histórico que en 1492 los Reyes Católicos expulsaron de Granada al último rey Moro, Boabdil, quien se había caracterizado más por su afición a las fiestas y la diversión que por sus planes de defensa de la ciudad. Pero cuenta la leyenda que cuando iba saliendo con su séquito, expulsado de la ciudad, se detuvo en una pequeña colina, suspiró y se echó a llorar, y fue cuando su madre le dijo: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre” —seguro las feministas van a reclamar, pero ésa es la leyenda, qué le vamos a hacer—.
Volviendo al punto, a mí me parece que los liberales se han comportado como Boadbil y que ese comportamiento podría llevarlos a la misma situación de la leyenda, o por lo menos es seguro que los tiene en esta nada agradable situación de estar en un “empate técnico” con un candidato que viene de perder —y por muchos puntos— dos elecciones al hilo.
Los números de los liberales hace exactamente cinco años eran envidiables, en octubre de 1996 recibieron el 51 por ciento de los votos para la Presidencia de la República, 13 por ciento por encima del candidato perpetuo de los sandinistas. Pero ahora más bien aparecen uno o dos puntos atrás en todas las encuestas (menos las que ellos pagan). Esa debacle no debe tomarlos por sorpresa.
Hay empate técnico no porque el candidato perpetuo de los sandinistas haya cobrado popularidad últimamente, lo que tiene es su porcentaje histórico de simpatía y de voto, lo que ha ocurrido es que los liberales han perdido apoyo, han desilusionado a su electorado y una porción los ha abandonado convencidos que ninguna diferencia hay entre liberales y sandinistas.
Esa desilusión es el resultado de la gestión de Arnoldo Alemán y sus liberales, que en lugar de fortalecer el Proyecto de Nación que se había iniciado a construir con las reformas constitucionales de 1995, se dedicó, como Boadbil, a la alegre repartición del Estado como botín y a abrir las puertas de la corrupción. El colmo de la insensibilidad llegó con la situación de hambruna que, manipulada o no, es una realidad que el Presidente nunca reconoció.
Pero Alemán no actuó solo. En el acto de resurrección del Frente Sandinista participaron sus diputados que torcieron la Constitución al revés y al derecho para ajustarla al capricho presidencial; sus ministros que en su mayoría hicieron gala de ineficiencia mientras aceptaban un salario inmoral dada la situación de este país; sus magistrados y sus jueces, que hacían de la justicia un teatro del absurdo; sus convencionales que ciegamente obedecían todo capricho del “Presidente Honorario”; sus medios oficiosos que justificaron todos los desaciertos y atacaban rabiosamente a cualquiera que adoptara una posición crítica, y hasta sus partidarios de base, que con la cantinela desfasada de que los liberales eran los únicos que podían acabar con los sandinistas jamás entendieron que más bien los estaban reviviendo.
Todos, embriagados por la soberbia y el poder impulsaron ese Pacto, que aunado a la corrupción que campeaba fue como una transfusión de sangre para los sandinistas. Por eso, no por ninguna otra razón, es que están ahora en estos aprietos.
En realidad, lo único que les puede dar esperanzas es que los sandinistas han sido tan incapaces de evolucionar que se presentan a una tercera elección con el mismo candidato desgastado y agotado. Lo único que les puede dar esperanzas a los liberales es que el temor a Daniel Ortega sea mayor que la desilusión de Arnoldo Alemán entre ese porcentaje de personas que aún no declaran su voto.
De lo contrario, sólo les quedará hacer las del Moro, y como dice la Biblia, entonces será el llanto y el crujir de dientes, y no sólo para los liberales.
El autor es periodista