Sobre la ejecución de Somoza

Alberto Rojas M.

En relación con un artículo anterior de Roberto Fonseca (“La ejecución de Somoza”, LA PRENSA, 31 de agosto del 2001), me pregunto: ¿En dónde vivía el señor Fonseca cuando ajusticiaron a Somoza Debayle como para afirmar que el país se dividió?

Que yo recuerde, aunque la noticia tomó por sorpresa a los nicaragüenses, fue tal la cantidad de manifestaciones públicas y privadas de júbilo, que la jerarquía católica tuvo que hacer un llamado y recordarnos que, después de todo, era una persona y que como cristianos no nos debía alegrar la muerte de nadie.

Sin embargo, hubo alegría, y mucha, porque la masacre de la dictadura somocista estaba muy reciente y el país todavía vivía la cercanía de la guerra. En la guerra, aunque en retrospectiva parezca una barbarie, la muerte del enemigo se celebra y se llora la muerte del amigo. Y Somoza Debayle era el enemigo que había mandado a bombardear ciudades, a matar civiles y a diezmar a un pueblo y a una juventud que quería libertad y justicia.

Por supuesto que, viendo en retrospectiva, muchas cosas nos parecen extremas y hasta inaceptables. La distancia en el tiempo nos acerca más a lo racional y nos aleja de lo emotivo, pero debiera servir algo más que para lamentar el ajusticiamiento de un dictador.

Esa distancia en el tiempo nos debiera servir para tomar conciencia que conservadores y liberales han desbaratado el país, y que la familia Somoza (la misma que ahora reclama bienes y ocupa cargos diplomáticos) saqueó al país y puso las bases del desastre que todavía estamos viviendo. En retrospectiva, hay que ver que el gobierno sandinista y los gobiernos de Reagan y Bush (padre) desbarataron a Nicaragua y a sus gentes.

En retrospectiva, nuestra historia es una lista inmensa de culpables: en este país, muchos de sus grandes productores nunca invirtieron y gastaron o dejaron fortunas en el extranjero. En este país, los negocios fáciles y rápidos han florecido y desaparecido en un dos por tres; los bancos han servido para palanquear capitales familiares, la Iglesia se ha hecho de la vista gorda con los poderosos de derecha, los gobiernos (sin excepción) han sido corruptos, no hemos construido una nación, y cada vez hay menos esperanza y más pobreza.

La retrospectiva es tan triste que la Nicaragua que no tiene para leer los periódicos (y mucho menos para tener televisión o usar Internet) se sigue muriendo de hambre y de enfermedades, sólo que de una forma más rápida y más abierta, y no pasa de ser cifras y mapas de pobreza. Pero lo más duro, es que la perspectiva es más de lo mismo. Así que, le sugiero, que en vez de suavizar su dolor o su rabia de sobreviviente con memorias muy puntuales, vea la historia en su conjunto. Además de darse cuenta que no es el único sobreviviente, tomará conciencia del escaso compromiso que los que tenemos pan hemos tenido con Nicaragua, y que hay que buscar cómo construir a la sociedad solidaria y sensible que rompa con todos nuestros pasados, no sólo con uno.  

Editorial
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