Una de cal y otra de mediocres

Hugo F. Castillo

Hace pocos días en un programa televisivo matutino, escuché nuevamente a mi gran amigo el doctor Silvio D´Franco, rector de una prestigiosa y nova Universidad, repetir que nuestros profesionales son mediocres, una aseveración bastante fuerte, sobre todo viniendo de él, un prestigioso profesional, dedicado ahora a la forja de profesionales para una sociedad también mediocre, lo cual se colige de la misma aseveración.

Terrible panorama se nos pinta, en tanto que para ser integrado en una sociedad de profesionales con tales características, también se requiere de ser mediocre, de otra forma la fuerza gremial nos excluye y nos aísla en el mejor de los casos, y si pensamos que esta mediocridad se extiende desde las más altas esferas manejadas por este tipo de profesionales, hasta las más ínfimas, donde estaría el non plus ultra del mediocre, que para subsistir tiene que mediocratizar su mediocridad ya de por sí mediocre, el asunto es serio y más grave de lo que pensamos.

Decía Ortega: “Todo pueblo tiene el Gobierno que merece”, será que además tiene que poseer los profesionales que merece, sobre todo cuando este pueblo permanentemente pone sus hombros para que sean soportes de los mediocres que ascienden al poder, soportes de la corrupción, de la omisión que crea cómplices silenciosos que más temprano que tarde también aspiran a gobernar el país, para favorecer a los mediocratizados mediocres que los rodean. Todo resulta como una danza mediocre de la mediocridad.

Estaremos llegando al punto en que tengamos ya que hablar de “conciencia del mediocre”, aunque nunca hemos empleado esta expresión como tal, es probable que adquiera un nivel de categoría dada las circunstancias, donde el estado de la conciencia del mediocre no sería una forma global de designar lo que piensan los mediocres ni la mentalidad de éstos en un momento y en condiciones determinadas, correspondientes a una situación en la que se hace una encuesta o se recogen testimonios de mediocres. No sería tampoco una forma indirecta de designar la conciencia del profesional mediocre, como si ésta fuese una combinación o mezcolanza de conciencia mediocre y lo que la destruye: alta capacidad, criterios independientes, alto nivel científico técnico, coherencia con la realidad sin recurrir a modelos propios de otras sociedades o realidades, en oposición a lo que le es intrínseco: sumisión, apatía, servilismo, imposibilidad de llegar a constituirse en sujeto histórico, si no es a través de la conciencia también mediocre de sus amos y sus dirigentes.

Menudo asunto —en el marco de la mediocridad— se nos ha planteado, pero aún así quisiera aportarle al doctor D´Franco algunos elementos que no se encuentran en la “conciencia del mediocre”. En primer lugar, pondría la conciencia de sí mismo, que le dé un principio de identidad, a partir de la cual hagan sus propias reivindicaciones, defensa de su oficio en el sistema profesional, defensa de la función profesional y defensa de la profesión —nadie lo llamó para hacerle algún tipo de reclamo o reivindicación—. En segundo lugar, el ejercicio del principio de oposición, nadie se le opuso como dirigente que es de la educación de este país y, por ende, productor de profesionales.

Lo que está planteado aquí es la forma en que un individuo, llamado profesional mediocre, valora y define su medio social y los obstáculos que le impiden penetrar en otros. Es probable que estemos ante una reflexión estéril, no productiva, no obstante, pienso en términos de la existencia de una conciencia orgullosa de tener una conciencia sumisa, producto de la alienación del dirigente y la doble alienación del dirigido, dependiente, mágico religioso, sin autonomía profesional de trabajo y con una formación base también dependiente, mágica y sumisa, carente de rigor científico técnico, con lo que tanto al dirigente como al dirigido, su mediocridad se les torna algo natural, de tal manera que la pueden aplicar en sus relaciones profesionales mediocres, en sus relaciones interpersonales mediocres, en su trabajo mediocre, y hasta en el ámbito de su mediocre intimidad.

El autor es sociólogo.  

Editorial
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