Preocupaciones que preocupan

La desconfianza que el actual gobierno de Estados Unidos sentiría ante un posible gobierno sandinista es un tema fundamental de la actual campaña electoral. Los mensajes de dos altos funcionarios del Departamento de Estado, primero el de Lino Gutiérrez, en junio, y luego el de John Keane, a principios de este mes, así como la declaración del vocero Richard Boucher después de una reunión entre el secretario de Estado Colin Powell y el canciller Francisco Aguirre, no dejan dudas en ese sentido. Pero, ¿esto es algo que deba preocuparnos a los nicaragüenses o es solamente “un problema” del país norteamericano? ¿Por qué razón el Departamento de Estado no ha expresado una preocupación similar ante el resultado que pudieran tener las elecciones generales de Honduras en noviembre de este mismo año, o las de Costa Rica en febrero del 2002?

Estados Unidos es un país con el que Nicaragua mantiene excelentes relaciones desde 1990, y, nos guste o no, tiene gran poder e influencia en el mundo entero, y de manera particular en los organismos financieros internacionales que tanta importancia tienen para nosotros. En la actualidad, las relaciones entre Nicaragua y Estados Unidos van mucho más allá de una simple tolerancia mutua, son relaciones francas y cálidas basadas en valores y principios sinceramente compartidos. Es obvio que a Nicaragua no le conviene que esas excelentes relaciones se deterioren y enfríen.

Sin embargo, es obvio que desde el punto de vista de Estados Unidos eso es lo mínimo que podría suceder si el FSLN ganara las elecciones del 4 de noviembre. Las razones, entre otras, son: el recuerdo de la relación conflictiva que el sandinismo tuvo con el gobierno norteamericano en la década ochenta; la falta de acciones concretas del liderazgo sandinista que demuestren que el cambio de mentalidad proclamado es real; la figuración en sus más altos niveles de personas señaladas como violadores de Derechos Humanos, y —de gran importancia para Estados Unidos en estos momentos en que se encuentra en guerra— las relaciones estrechas y cordiales que el FSLN mantiene con gobiernos, líderes y organizaciones políticas beligerantemente antinorteamericanas. Ninguno de estos elementos está presente en los partidos que se disputan el poder político en los países vecinos de Nicaragua. Eso explica la ausencia de pronunciamientos por parte de la Administración Bush respecto de esas elecciones.

Ahora bien, a pesar de que Estados Unidos ha manifestado que, como es su obligación, respetará el resultado de unas elecciones libres y justas que expresen la voluntad del pueblo nicaragüense, resulta también evidente que sus repetidas manifestaciones de desconfianza hacia el Frente Sandinista pondrían a Nicaragua en una situación muy difícil en caso de que ese partido ganara las elecciones.

En primer lugar, Nicaragua pasaría a estar entre los países a ser observados con cautela. Estados Unidos enfriaría de inmediato las relaciones diplomáticas, que de la noche a la mañana pasarían de cercanas y cálidas —como lo son en la actualidad— a distantes y protocolarias. Ese distanciamiento, al ser percibido por los inversionistas, haría que muchos de éstos a su vez perdieran el interés de invertir en nuestro país. Y de más está señalar la urgente necesidad del aumento de las inversiones que tenemos para crear fuentes de empleo.

Pero el problema para Nicaragua es todavía más complicado, ya que, aun en el caso de que un posible gobierno sandinista tuviera la voluntad de respetar los principios y prácticas que rigen a toda sociedad libre y democrática, tendrían que pasar varios años antes de que ese gobierno pudiera ganarse la confianza de Estados Unidos y la de sus aliados. Mientras tanto, sería el pueblo nicaragüense el que, al menos en términos de desempleo, pagaría las consecuencias de una probable contracción en el nivel de inversiones locales y extranjeras.

Entre tanto, el FSLN —que sin dudas tiene una buena posibilidad de ganar las elecciones del 4 de noviembre— no ha podido —o no ha querido— dar demostraciones evidentes de que si volviera a gobernar no representaría ninguna de las amenazas que temen muchísimos nicaragüenses, así como el gobierno de los Estados Unidos y los gobiernos de otros países con los que es clave para Nicaragua tener las mejores relaciones posibles.  

Editorial
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