Fabricia Sánchez Rivas
Qué difícil debe ser para don Enrique oponerse a los errores cometidos y no poder gritar a los cuatro vientos que su estilo es diferente; que sus principios y valores son diferentes; que sus amigos son diferentes; que él es diferente.
Qué difícil usar un lenguaje suave para aceptar que “él es quien es… y no se parece a nadie”, sin correr el riesgo de perder el apoyo de su partido.
Pero más difícil es contender contra un candidato sagaz y sinvergüenza, que tiene la cara dura de cuestionar la probidad de su gestión, mientras la historia lo recordará a él como el que atentó contra la integridad de la dignidad, la paz, la vida, los colores azul y blanco de nuestra bandera, el himno nacional, la libertad de expresión, los valores familiares y la serenidad de miles y miles de madres, novias y esposas nicaragüenses, que nunca más volverán a ver a sus seres queridos, porque quedaron sepultados en el campo de una batalla ajena.
Y todo esto, sin mencionar los bienes materiales que usa y disfruta a costa del trabajo de otros: la casa donde vive, su calle privada, su seguridad personal (que se paga con nuestros impuestos), sus empresas, sus inversiones, etc.
Porque es más fácil ser oposición y criticar sistemáticamente, con apoyo de medios de comunicación afines (producto, según dicen, de otros malabares).
Es más fácil fabricar el caos y retar desde “abajo”, cuando dos intentos de reelección anteriores, no le permitieron llegar “arriba” a través de las urnas, para gobernar en paz y libertad.
Es más fácil ofrecer chanchos, gallinas y populismo, que arremangarse para trabajar en serio por Nicaragua. Y haciendo cuentas… ¿cuánto significan los mil quinientos dólares ofrecidos a las mil o dos mil familias afectadas por los resultados de la sequía, contra la promesa velada de entregarnos nuevamente a la cultura de la guerra, el odio y el rencor?
Es más fácil decir que cambió, a cambiar radical y profundamente, desde el centro mismo de su propia conciencia.
Es más fácil pedir perdón a cambio de votos, que realmente sentir la necesidad de ser perdonado en la acallada historia familiar que le persigue y le perseguirá, hasta el último día de su existencia, cuando recuerde el miedo infantil y el dolor que ocasionó…
Sí, esa es la dura realidad.
Sí, ese es el adversario y su maquinaria electorera, a los que la decencia tiene que derrotar.
Es difícil para Don Enrique, pero no imposible.
Don Enrique debe tener confianza en Dios, que su pueblo es inteligente y bueno y no se dejará sorprender con mentiras y ofertas que corrompen el alma.
Debe recordar bien el sol brillante y cálido que acompañó su “arranque” de campaña en Matiguás, mientras el cielo lloró a mares en la concentración danielista del pasado 19 de julio.
La autora es licenciada en traducción