Carlos Alberto Montaner**www.firmaspress.com
La lectura de los documentos dejados por los terroristas que destruyeron las Torres Gemelas revela un gravísimo elemento sicológico en todos ellos: no estamos en presencia de suicidas, sino de mártires. El suicida es una persona derrotada, incapaz de percibir una salida racional a la angustia que lo destroza. El suicida sufre mucho y por eso se mata. Es una víctima de la depresión. El mártir, en cambio, es una persona feliz que sólo le encuentra su sentido pleno a la vida mediante el sacrificio. Para los mártires, la muerte no es un final sino un punto de partida. En el caso de estos fanáticos religiosos, tras el sacrificio vendría la inmortalidad en el muy sensual paraíso islámico. Los esperaba la dulce gloria descrita en el Corán.
Pero todavía hay otra categoría de peligrosos perturbados: los revolucionarios iluminados. Éstos no son suicidas ni mártires, sino sicópatas decididos a cometer cualquier tipo de asesinato, pero poniendo en ello cierta cautela con el propósito, si se puede, de salir ilesos, porque el placer no se deriva del sacrificio sino del daño infligido al enemigo. El ejemplo perfecto es el Che Guevara, y la frase que lo definía a él y a las personas de su cuerda sicológica la pronunció él mismo: “un revolucionario debe ser una perfecta máquina de matar”. Otro caso de libro de texto es el de Carlos Ilich Ramírez, el Chacal, el admirado amigo del presidente Hugo Chávez, hoy preso en París tras una larga y accidentada vida de secuestros, asesinatos y explosiones terroristas. Cuando un periodista, tras el atentado neoyorquino, le preguntó su reacción, el Chacal manifestó su júbilo. La muerte de miles de “enemigos” lo había llenado de dicha.
¿Hay alguna diferencia entre los mártires y los revolucionarios iluminados? Sí, y es muy sutil. Los mártires odian coyunturalmente. Los revolucionarios iluminados, estructuralmente. Me explico: la gran fuerza tras las acciones de los mártires es el amor a la causa que profesan. El enemigo importa poco. Hoy pueden ser Israel y los Estados Unidos, pero mañana tal vez sean Rusia o Inglaterra. Por monstruoso y extraño que nos parezca desde nuestra sicología de personas racionales, los terroristas que se lanzaron contra las Torres Gemelas no odiaban particularmente a las personas que iban a matar, de la misma manera que no se odiaban ellos mismos, que iban a morir. Era sólo un sacrificio a nombre de una causa sagrada. Los revolucionarios iluminados, en cambio, están llenos de odios específicos. Quieren perjudicar a sus enemigos. En 1980 —esto lo ilustra—, cuando Fidel Castro vacía las cárceles cubanas en los Estados Unidos, y vuelca sobre la sociedad norteamericana miles de asesinos y de locos agresivos durante lo que se llamó “el éxodo del Mariel”, no estaba defendiendo una causa sino, simplemente, haciéndole daño a su adversario. Estaba castigándolo. Leer, a los pocos días, que un “marielito” había degollado a una anciana para robarle la cartera, lo satisfacía emocionalmente, como le confesó a Tad Szulc.
No obstante, no hay que tomar muy en cuenta las diferencias entre mártires y revolucionarios iluminados. Son sólo matices. La verdad es que pueden asociarse sin mayores dificultades, siempre que compartan un enemigo común. No es sorprendente, pues, que un terrorista del IRA irlandés, presumiblemente católico, un narcoguerrillero colombiano de las comunistas FARC, y un fundamentalista islámico se hermanen en la lucha y se ayuden con dinero, armas, explosivos o adiestramiento. ¿Qué puede unirlos? Sin duda, el amor que desarrollan por los métodos violentos y la admiración que unos y otros se profesan por la capacidad destructiva que sean capaces de exhibir. Esa es la cultura terrorista. Cuando los narcoguerrilleros colombianos secuestran a todos los feligreses de una iglesia en pleno Cali, esto suscita la inmediata admiración del resto del sombrío universo terrorista. Cuando un grupo de fundamentalistas secuestra unos aviones y los estrella contra las Torres Gemelas, las bandas terroristas del mundo entero descorchan champán. Son pandillas aparentemente aisladas, pero comparten los mismos valores, cultivan los mismos mitos y coordinan sus esfuerzos constantemente.
Esto debiera poner a pensar a quienes dirigen los medios de comunicación. En España, donde vivo, cuando se refieren a los etarras, generalmente, y con razón, los califican de “banda terrorista”, pero cuando se trata de Tiro Fijo y sus sacatripas, los denominan como “el legendario guerrillero colombiano y su tropa”. En Estados Unidos, en cambio, cuya prensa leo habitualmente, suelen referirse a los etarras y a los miembros del IRA como “separatistas vascos e irlandeses”, aunque los hombres de Bin Laden son tratados, por supuesto, como “terroristas fanáticos”. Al terrorista propio, pues, al que nos hace daño en casa, se le denomina por las acciones reprobables que comete, pero al terrorista ajeno se le llama por las intenciones que manifiesta profesar. Es como si no nos diéramos cuenta de que estamos todos dentro de una misma guerra: la de la civilización y la racionalidad contra la barbarie y la locura, trátese de mártires o de revolucionarios iluminados. La diferencia, finalmente, no importa demasiado. [©FIRMAS PRESS]